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La dama del arpa

Cuenta la leyenda que en un punto perdido en la inmensidad de un océano se asienta un pequeño islote. Visto desde la superficie, no parece tener nada extraordinario, tan solo es una roca desnuda que se alza ligeramente sobre las aguas.
Sin embargo, lo que le hace especial se encuentra bajo esta fachada, oculto en diversas grutas que serpentean en el interior de la rocosa torre que ancla el islote al lecho marino. Eran los Nymurièn, una antigua tribu cuya vida se desarrollaba durante la noche de forma sumergida. Su sociedad nunca se había visto contaminada por el mundo exterior, y quizá ello explique la utópica organización por la que se regían. Mas no todo era alegría en su micromundo. Tenían los Nymurièn unos enemigos ancestrales que habitaban en el fondo del océano, en una cueva excavada en los cimientos del islote. Los Varrun eran criaturas monstruosas que cada noche salían a cazar, siendo su alimento predilecto los Nymurièn.
Es aquí donde aparece en escena el ser a quien se debe esta leyenda. Su origen es incierto: en algunas de las historias, los marineros la describen como una nereida que sentía una gran simpatía por los habitantes del islote; en otras, es una de los propios Nymurièn que decidió sacrificarse por los suyos y salir a la superficie.
En lo que sí coinciden todas las historias es en la descripción de su maravillosa arpa. Estaba completamente hecha de oro, incluso las cuerdas era finas hebras doradas que despedían brillos de fuego al chocar en ellas los últimos rayos del sol. Cada noche, la dama se sentaba con su arpa y tocaba una melodía que ponía fin a las pesadillas de los Nymurièn. Su interpretación sumía a los Varrun en un profundo sueño gracias al cual nuestros míticos personajes podían moverse libremente sin temor a que la muerte cayera sobre ellos por sorpresa.
Así, cada noche desde que apareció la dama del arpa, los Nymurièn vivían tranquilos mientras los Varrun se hallaban inmersos en un profundo sueño que se veía alimentado por la música. Aquella paz duró algunos años, hasta el día del terremoto.
No fue una gran sacudida, los Nymurièn apenas lo notaron, pero sí fue suficiente para despertar a los Varrun de su letargo. La primera en darse cuenta fue la dama del arpa, que comenzó a tocar con más fuerza, y su melodía se volvió más agresiva. A los isleños les extrañó este cambio, pero no fueron conscientes del pulso que se había iniciado entre los monstruos y la dama hasta que amaneció y el arpa siguió sonando. Mientras la música continuara, los Varrun no despertarían por completo y los Nymurièn estarían a salvo.
Sin embargo, esta tarea requería un gran esfuerzo para la dama, que no podía dejar de tocar en ningún momento. Aunque las cuerdas levantaron la piel de sus dedos y sus manos acabaron teñidas de carmín, no cesó de acariciarlas en cinco días, sabedora de que el peso de la vida de los Nymurièn reposaba sobre sus hombros. Al sexto día, la fuerza de su interpretación se aminoró.
La consecuencia fue que los Nymurièn percibieron un movimiento en la cueva de los Varrun y, por primera vez en años, tuvieron que tomar las armas. Como es natural, no sabían utilizarlas. Nunca habían tenido necesidad de recurrir a ellas y solo quedaban unos pocos ancianos que recordaran los enfrentamientos con sus ancestrales enemigos. Esto supuso una desventaja para ellos a la hora de hacer frente a los Varrun que salieron de su guarida. Los años de hambre acumulada habían provocado en los monstruos una sed de sangre irrefrenable que les hacía atacar con una ferocidad desconocida. Por suerte, las entradas de las cuevas de los Nymurièn eran demasiado estrechas para que los Varrun pudieran pasar por ellas y pudieron refugiarse.
La dama estaba exhausta, pero no dejó de interpretar la melodía. Conforme avanzaban las horas, el número de notas discordantes aumentaba, seguido de una rápida rectificación de la intérprete y acarreando un asedio más agresivo para los habitantes encerrados en el interior del islote. El confinamiento comenzaba a hacer mella en su espíritu, tan acostumbrado a llevar una vida sosegada. Además, cada vez estaban más preocupados por la salud de la dama, quien se había convertido en una personalidad muy querida para ellos, hasta tal punto que algunos la adoraban y veneraban como diosa.
La noche del octavo día, la música paró.
Aquel silencio era nuevo para los Nymurièn, quienes se vieron dominados por el pánico. Más que el temor a los Varrun, lo que les sucedía era que se sentían incompletos sin aquella melodía en el ambiente. Tanto era así que, inconscientemente, unos pocos comenzaron a tararearla.
Mientras, la dama lloraba en la superficie del islote, creyendo que sus preciados amigos estaban siendo exterminados. Aunque no conociera el rostro de ninguno de ellos, el tiempo había creado un fuerte vínculo que los unía de manera inquebrantable. Lavó sus manos en el agua del océano y la sal escoció en sus heridas. El olor de la sangre fue un reclamo para los Varrun, tal y como ella pretendía. Había jurado dedicar su vida a proteger a los Nymurièn y, al no poder continuar tocando su arpa, pensó que al menos intentaría apartar a tantos monstruos de ellos como pudiera, aunque aquel acto le costara la vida.  Se sentó a esperar la muerte, y ya percibía cómo los Varrun se aproximaban cuando sucedió algo insólito.
Un coro de voces claras ascendió desde las profundidades interpretando la melodía del arpa. Los Nymurièn la habían escuchado durante tanto tiempo que eran capaces de reproducirla a la perfección. Al empezar a tararearla movidos por el pánico se habían percatado de que tenía efecto en los Varrun, que agitaban la cabeza en evidente señal de molestia y comenzaban a nadar aturdidos. Ver cómo ascendían a la caza de su dama fue todo lo que los habitantes del islote necesitaron para reaccionar.
Así fue como los Nymurièn vencieron a los Varrun y salvaron a la dama del arpa, cuyas manos sanaron con la asombrosa rapidez de los seres sobrenaturales y recluyó de nuevo a las temibles criaturas.

Cuenta la leyenda que de noche en alta mar, si se agudiza lo suficiente el oído, puede escucharse la melodía de un arpa acompañada de un coro de voces claras. 



Irene, 2015.

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