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Las entrañas de la tierra


El hombre se detuvo al pie de la carretera, con la maleta en una mano y la mirada perdida en sus recuerdos. Sus ojos estaban enmarcados por unas profundas ojeras. Había sido un viaje precipitado y apenas había podido dormir en el autobús. En realidad, hacía mucho tiempo que no descansaba bien.
Despertaba en mitad de la noche, presa de una furia desconocida, que lo empujaba a abandonar la calidez de su cama porque incluso eso le resultaba insoportable. Se paseaba de un lado a otro de la habitación, tratando en vano de sosegarse. Sin embargo, sabía muy bien que no podría conseguirlo a menos que volviera allí, aunque nunca llegaba a decidirse. De hecho, los numerosos psicólogos que había consultado habían tratado de disuadirlo de realizar aquel viaje.
Había sido en uno de aquellos arrebatos nocturnos cuando ya no había podido soportarlo más, había lanzado una muda a la maleta y había tomado el primer autobús que había salido hacia el pueblo de sus abuelos. Pese al paso de los años no parecía haber cambiado en nada: las casas apelotonadas al pie de la montaña, las vacas pastando a sus anchas por las laderas, la torre de la iglesia que se alzaba como un faro en medio del paisaje… No había regresado desde la muerte de su abuelo, e incluso entonces la visita había sido breve. Apenas hubo terminado la ceremonia, puso pies en polvorosa para poner cuanta tierra de por medio pudiera entre su hogar en la ciudad y el torrente de emociones que le despertaba aquel lugar.
Pero ya se había cansado de huir, pues no le había servido de nada. La veía cada vez que cerraba los ojos, al doblar cada esquina y en el reflejo de cada espejo. No, si deseaba hallar descanso no resolvería nada ignorando el asunto. De manera que apretó las mandíbulas, se tragó el miedo que hormigueaba en cada parte de su cuerpo y dio el primer paso con la decisión de enfrentarse, de una vez por todas, a los fantasmas de su pasado.
Pese a que el sol apenas asomaba entre las montañas que bordeaban el pueblo, a su paso se fue encontrando con varias personas que se dirigían a atender sus respectivas labores en el campo. Algunos le reconocieron, pero otros le dedicaron miradas recelosas, cargadas de la extrañeza que provoca un forastero dirigiéndose con el amanecer hacia un pueblo perdido. Aquello no le sorprendió, pues entendía que resultara difícil relacionar al joven nieto de Herminia y Tomás con aquel hombre con barba de varios días, pálido y ojeroso, que caminaba como un espectro sin rumbo.
Conforme se adentraba en el pueblo, los olores y sonidos fueron despertando en él los recuerdos de aquel verano que había supuesto el principio del fin de lo que había sido su vida hasta entonces. Desde la torre románica de la iglesia, el tañido de las campanas anunciaba el comienzo del día, mezclado con el canto ocasional del gallo de Faustino. De la panadería de Luisa ya escapaba el olor del pan recién hecho, y las ventanas se abrían a la luz del nuevo día. Echó en falta el sonido de las risas de los niños, que antaño inundaban la plaza del pueblo y las calles circundantes. En aquellos días el edificio que antes albergara la escuela se hallaba semiderruido, lo que le provocó una ligera punzada de tristeza.
Se preguntó qué habría sido de aquellos muchachos con los que compartió un verano. Aún les guardaba rencor, aún les culpaba pese a que sabía que no tenían culpa de nada. Solo eran unos críos, no podían haber previsto lo que iba a suceder. Nadie hubiera podido.
El sonido de un claxon le devolvió al mundo real y se apartó para dejar paso a la furgoneta de Alfonso, el marido de Luisa, que ya se dirigía a realizar el reparto a los pueblos vecinos. El hombre se detuvo junto a él y sacó la cabeza por la ventanilla. Los años habían hecho disminuir la cantidad de pelo que cubría su cabeza, pero no habían podido hacer otro tanto con la jovialidad que caracterizaba su rostro.
—¡No pué ser! ¿Eres el chico de la Herminia?
—Sí, soy Sergio. —El sonido de su propia voz le resultó extraño.
—¡Dichosos los ojos! ¿Pues no hacía años que no se te veía el pelo por aquí? ¿Qué tal está tu abuela?
—Bien, está en su salsa en la residencia. La última vez que hablé con ella me dijo que ya se había hecho con el control del cotarro.
Alfonso soltó una risotada.
—¡No me cabe duda! Tu abuela es una mujer de armas tomar. Sentí mucho lo de tu abuelo, chico. Era un buen hombre. Las mejores personas que he conocido, sin duda.
—Gracias, Don Alfonso.
Sin darse cuenta, Sergio había regresado a una costumbre instaurada en su infancia y que había perdido con los años, que no era otra que la de tratar de Don y Doña a las personas mayores que él. Durante un breve instante, volvió a sentirse como el niño que acudía cada mañana al encuentro de aquella furgoneta blanca y recogía con manos ansiosas los bollos que Alfonso les daba a escondidas (o eso creía el panadero) de su mujer. Se tragó las lágrimas y se despidió del buen hombre.

El haz de luz penetró en la oscuridad de la vivienda y ahuyentó a un sinfín de insectos que habían hecho de ella su cuartel general. Los rincones vestían telarañas y los muebles estaban cubiertos por una gruesa capa de polvo. Salvo aquellos detalles, la casa de sus abuelos permanecía igual a como la recordaba, como si el tiempo se hubiera detenido en aquel verano. Sobre el sofá habían colocado previsoramente una sábana vieja, la cual retiró antes de dejarse caer sobre él. Enterró la cara entre las manos y dejó salir todo aquello que llevaba dentro. Lloró por su abuelo, por su abuela, por aquellos muchachos cuyos rostros ya no recordaba. Lloró por cada risa, cada herida, cada experiencia que aquel pueblo le había regalado. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas, y entonces continuó, con cada una de ellas convertida en un recuerdo que era como un puñal en su corazón. Cuando al fin se sintió agotado, gritó el nombre que había evitado pronunciar durante aquellos años, se ovilló en el sofá, y se sumergió en un sueño intranquilo.
Volvía a tener doce años, volvía a revivir aquel verano. Junto a él, su hermana gemela Laura apretaba su mano, ansiosa. Para ella, todo aquello era una aventura, y estaba exultante por conocer qué les depararía aquel verano. Él, por el contrario, no podía evitar recordar la triste sonrisa de sus padres al despedirlos en la estación de autobuses. Sabía que cuando regresaran, ya no vivirían en la misma casa, probablemente ni siquiera en el mismo barrio. No había querido decir nada a Laura, sin embargo. Había escuchado a sus padres por accidente discutir una noche, la primera en la que la palabra «divorcio» salió a colación. Como de costumbre, había decidido que era su responsabilidad cargar con el peso él solo y permitirle a su hermana disfrutar de la feliz ignorancia un poco más. Era suficiente con que uno de los dos estuviera triste.
Laura estaba muy emocionada ante la perspectiva del primer verano lejos del control paterno. Tenía ganas de empaparse de nuevas experiencias; se había creado la ilusión de que durante aquellas vacaciones forjarían amistades que durarían de por vida. No se lo había confesado a su hermano, pero Sergio la conocía lo suficiente como para saber que, secretamente, ansiaba vivir su primer amor, más por tener algo que contar al empezar el instituto que porque sintiera verdadera curiosidad por aquel sentimiento que a él se le antojaba extraño.
Exteriormente eran como dos gotas de agua, pero nada más alejado de sus formas de ser, que eran como el agua y el aceite. Sergio era introvertido, un niño tímido y generalmente callado, que prefería evitar las multitudes y refugiarse en la tranquilidad de su mundo interior. Además, era, a todas luces, un cobarde. Frente a su personalidad retraída, Laura era exultantemente vivaracha. Su curiosidad la llevaba a querer explorar cada rincón del mundo, arrastrando a su hermano en sus aventuras con una valentía que a menudo rozaba la temeridad.
Y, pese a todo, eran inseparables. Laura ayudaba a Sergio a salir de su burbuja, le hacía reír como poca gente podía. Él, por su parte, actuaba como un freno ante el carácter con frecuencia irracional de su gemela. Algo que se temía que tendría que hacer mucho durante aquel verano.
A través de la ventanilla del autobús pudieron ver emerger en la distancia la torre de la iglesia, que señalaba el lugar en el que se encontraba el pueblo. El autobús se detenía a un par de kilómetros del mismo, ya que la geografía del lugar no permitía su paso más allá de dicho punto. Allí estaba ya aguardándolos su abuelo, sentado en el pescante del carro mientras su vieja mula daba buena cuenta de las hierbas que crecían en los márgenes de la carretera.
Aunque hacía muchos años que los niños no veían a sus abuelos, no hizo falta más que un abrazo de Sergio para que el anciano comprendiera que el muchacho sabía el verdadero motivo por el que los habían enviado al pueblo aquel verano. Tomás era muy intuitivo, y por ello también adivinó el verdadero motivo por el que había decidido que Laura no supiera nada: Ella era su ancla, y si se derrumbaba, Sergio no tardaría en hacer lo propio. Estrechó a su nieto más contra él.
—No te preocupes, corderito. Todo saldrá bien. —susurró, asegurándose de que su hermana no les oyera.
La mirada que le devolvió el niño le transmitió una cierta inquietud, que pronto quedó relegada a un segundo plano en vista de que el chico hablaba y jugaba con normalidad.
Los problemas comenzaron al día siguiente. Laura se levantó con el canto del gallo y en seguida azuzó a su hermano para que saliera de la cama, sin que ninguna resistencia por parte de él pudiera hacer nada para inspirar su compasión. Tan pronto hubieron desayunado, se entregaron a la tarea de conquistar cada recoveco del pueblo, y así fue como llegaron al lugar en el que los jóvenes, que no eran muchos, solían reunirse.
Tenían edades bastante dispares, dos de ellos parecían mayores que los gemelos, lo que hizo que Sergio se quedara rezagado con respecto a su hermana. No le resultaba fácil hablar con niños de su misma edad, mucho menos con aquellos que la superaban, pues no podía evitar sentirse intimidado por ellos. Laura, sin embargo, no tenía ese problema. Allá donde fuera conseguía integrarse entre la gente con una sencillez que no dejaba de impresionar a su hermano.
En aquella ocasión no fue diferente. Sin un atisbo de vacilación, avanzó a paso firme hacia el grupo de muchachos que jugaban al fútbol con una vieja lata. A Sergio, por el contrario, las piernas no le respondían. Se había quedado enraizado en el suelo, como si se hubiera convertido de repente en un elemento más del paisaje, y su gemela lo percibió en el acto.
—¿Qué pasa, Sergio?
—Vámonos a casa, por favor.
—¿Qué? ¡Ni hablar! No he venido aquí para quedarme encerrada en casa.
—Pero son más mayores que nosotros…
—¿Y? —Laura resopló, visiblemente molesta. —Imagínate la cara que va a poner Celia cuando se entere de que me he hecho amiga de chicos mayores, ¡va a alucinar!
Sergio se mordió la parte interior del labio, pero no dijo nada. Sabía que, dijera lo que dijera, no podría convencer a su hermana de que lo que pretendía hacer era una mala idea. Estaba seguro de que en aquellos instantes ella estaría maldiciendo la carga que su hermano le resultaba. Como él no contestaba, Laura frunció el ceño.
—Tienes que hacer más amigos. No puedes depender de mí eternamente.
Dejando aquella dura sentencia en el aire, le dio la espalda y se dirigió a grandes zancadas hacia los muchachos. Unos segundos después, Sergio la siguió al trote, aún algo aturdido por la crudeza con la que le había hablado.
Eran cinco jóvenes, y eran los únicos que había en el pueblo. Jaime, con catorce años, era el mayor, seguido de Pascual, que tenía trece. Ellos no vivían en el pueblo el resto del año, pero los otros tres, sí. El siguiente en la escala de edad era Samuel, que tenía la misma que los gemelos. Sergio sintió hacia él una simpatía inmediata, pues parecía ser el más retraído del grupo. Dado que al finalizar el verano también iría al instituto en la ciudad, en el pequeño colegio solo quedarían dos alumnos: César, de nueve años, y su hermana Julia, de ocho. En vista de esto, los padres habían decidido aprovechar el viaje de Samuel para apuntar a sus hijos a un colegio en la ciudad, turnándose con los progenitores de este para llevarlos y recogerlos cada día.
La pequeña mostró una fascinación hacia Laura que no disimuló en absoluto. Tan pronto se presentó la muchacha ante ellos, como Julia se pegó a sus talones como una sombra.
Los acogieron en seguida en su grupo, que a Sergio se le antojaba más bien una banda de la  que Jaime era el líder indiscutible. No se le habían pasado por alto las miradas que Laura le lanzaba, y ello unido a la ostentación de orgullo que hacía por ser el mayor de todos, había contribuido en gran medida a que no pudiera soportarlo. Pascual también parecía abducido por la presencia del muchacho, de tal manera que reía cada una de sus gracias e incluso se esforzaba por imitarlo en todo lo mejor que podía, igual que César. Julia parecía un satélite que orbitaba alrededor de las personas que más le agradaban, tales eran su hermano y Laura.
Los únicos que no parecían encajar en aquella estampa eran Sergio y Samuel. Mientras los demás se dedicaban a lo que Jaime llamaba «pruebas de valor», que por lo general eran bastante absurdas, ellos permanecían rezagados, hablando de las muchas cosas que tenían en común. Aunque le hubiera encantado ignorar a los demás e irse a jugar solo con su nuevo amigo, no quería dejar a Laura sola con aquellos chicos. Sin saber qué lo causaba exactamente, tenía un mal presentimiento.
No tardó mucho en ver sus temores confirmados. Las «pruebas de valor» de Jaime pasaron de cruzar el riachuelo a la pata coja a robar un huevo de las gallinas del señor Faustino. Lo peor era que el muchacho parecía ser muy consciente del efecto que causaba en Laura, y había aprovechado esa circunstancia para hacer de ella el objeto de todos aquellos retos. El de las gallinas terminó con Laura cubierta de plumas, huyendo de un muy enfadado Faustino mientras enarbolaba con orgullo un huevo. Después de aquello, tanto ella como Sergio recibieron una buena reprimenda por parte de su abuela. Pero lo peor fue el castigo. Herminia les prohibió volver a salir con aquellos chicos, y ello supuso que Sergio no podía ver más a su amigo.
Jamás se había enfadado de verdad con su hermana. Había habido algún pique ocasional entre ambos, pero nunca nada que se prolongara en el tiempo. Por eso, cuando se vio en la situación de no poder dejar de culparla por lo sucedido, se sintió tan confuso que comenzó a evitarla sólo porque no sabía cómo reaccionar en su presencia.
Laura, por su parte, ni siquiera parecía haberse percatado de aquel cambio. Durante varios días los hermanos no intercambiaron una sola palabra. Sergio ni tan sólo comentó el hecho de que Laura salía cada noche por la ventana de la habitación que compartían tan pronto como sus abuelos se retiraban a la cama. Simplemente, fingía dormir y no enterarse de sus idas y venidas, como también pretendía no saber quién motivaba aquellas escapadas nocturnas.
Siguieron esa dinámica durante varios días, hasta que, finalmente, una noche Laura despertó a Sergio con una urgencia que no podía presagiar nada bueno. Aquel temor se vio confirmado cuando, una vez disipadas las brumas del sueño, el muchacho vio reflejados en aquellos ojos que eran como los suyos las intenciones claramente temerarias de su hermana.
—¡Sergio! ¿Estás despierto? —Él gruñó por toda respuesta, lo que consiguió el efecto contrario al que deseaba. —¡Venga, arriba, dormilón!
Sergio encendió la lucecita de su reloj de pulsera y frunció el ceño.
—¿Tienes idea de qué hora es?
—¡Son las tres de la mañana!
Miró a su gemela con una expresión de desconcierto cincelada en la cara, incapaz de comprender cómo había podido pronunciar aquellas palabras con semejante entusiasmo.
—Enhorabuena—dijo al tiempo que se daba la vuelta, dispuesto a seguir durmiendo.
Pero Laura no desistió, continuó zarandeándolo hasta que accedió a acompañarla fuera.

Era una noche fría, incluso demasiado para la estación en que se encontraban. Laura avanzaba decidida montaña arriba entre la maleza, guiada por la luz de una linterna que de cuando en cuando parpadeaba amenazadoramente. Sergio la seguía abrazándose el pecho, sabedor de que los escalofríos que sentía no tenían nada que ver con el grosor de su chaqueta.
No tardaron en avistar a los tres más mayores de la pandilla, que los esperaban a unos metros de la entrada de una cueva. Sergio se sintió ligeramente aliviado al ver a Samuel. Quizá entre los dos pudieran hacer entrar en razón a Laura, convencerla de que era peligroso. Había oído hablar a su abuelo alguna vez de aquella cueva, alrededor de la cual existía una leyenda por la que era conocido el pueblo. Sin embargo, hasta aquel día, no habían sabido dónde estaba.
Ciertamente, no había nada en su aspecto que incitara a creer de pronto en historias de fantasmas, más allá del tenebrismo de las sombras que proyectaba la luz de la luna. Aún así, a Sergio no le dio buena espina, y la sonrisa de oreja a oreja que lucía Jaime no ayudó a tranquilizarlo.
Aquella era una nueva «prueba de valor», con creces, la más peligrosa que había propuesto hasta el momento. Tal era así que solo había logrado convencer a Laura para que lo hiciera. Por supuesto, incluido en el paquete estaba él. No le pasó desapercibido el por qué lo había hecho: Laura, la valiente, estaba asustada. No quería entrar en la cueva, pero sí conseguir la aprobación de Jaime. Sergio se reprendió a sí mismo por no haberse dado cuenta antes de que lo adicta que se había vuelto a esas muestras de reconocimiento.
—No lo hagas—Le suplicó Samuel.
Nada le hubiera gustado más que hacer caso a su amigo, dar media vuelta y regresar a la comodidad de su cama. Ojalá lo hubiera hecho. Sin embargo, estaba allí, y no podía dejar sola a su hermana, por muy enfadado que estuviera con ella. Por eso se situó a su lado y, tras intercambiar una breve mirada, ambos introdujeron un pie en la cueva.

Sergio abrió los ojos de golpe, envuelto en sudor. La claridad del día había dado paso a una noche encapotada, por entre cuyas nubes de vez en cuando escapaba un rayo de luna. Se incorporó y frotó sus ojos, sin lograr con ello que los recuerdos se desvanecieran. Era como si llevaran años dormidos y comenzaran a despertar de golpe, rabiosos por salir a la luz.
Contempló durante largo rato su reloj de muñeca, hasta que los dígitos que señalaban los minutos cambiaron y no le quedó más remedio que enfrentarse a su sobrecogedora verdad: no podía retrasar por más tiempo aquello que lo había conducido hasta el pueblo de sus abuelos. Había llegado demasiado lejos como para echarse atrás ahora.
Sacó fuerzas de flaqueza para abandonar la casa linterna en mano y dirigirse hacia la cueva, sintiendo cómo su cuerpo se convulsionaba en un temblor nervioso de manera descontrolada. El pánico ponía todo cuanto podía de su parte para frenar su avance, pero su determinación era mayor y le ganaba una y otra vez la partida. Para cuando llegó a su destino ya se sentía agotado tanto psíquica como físicamente.
La sencillez que transmitía la entrada de la cueva le provocó una carcajada histérica. En sus pesadillas las estalactitas y estalagmitas adoptaban la forma de dientes, de tal manera que la cueva se transformaba en unas poderosas fauces que trataban de atraparlo. La visión de aquel simple agujero en la pared de roca de la montaña, cubierto en algunos puntos por una vegetación que había ganado terreno con los años, no se correspondía en absoluto con la imagen monstruosa que guardaba su memoria.
Pese a esto, la negrura de sus entrañas le provocaba un terror irracional. Volvió a verse a sí mismo como aquel niño cuyos pies se aferraban firmemente a su posición, sintió a Laura junto a él, avanzando decidida hacia el interior, y aquel recuerdo fue suficiente para que tanto el niño que había sido como el adulto en el que se había convertido se introdujeran en la cueva, aún temblando de los pies a la cabeza.
El frío y la humedad le mordían hasta los huesos. Sumido en la total oscuridad del interior, avanzaba palpando la pared con la única guía de la linterna de su hermana. No debían llevar mucho tiempo caminando, sin embargo, si dirigía la vista atrás ya no era capaz de ver la salida. Aquello no hizo sino acentuar la sensación de que la cueva los había engullido. Sergio se agarró a la camiseta de Laura, quien no obstante no aminoró la marcha.
—¿Por qué tienes que llegar hasta el final? —preguntó—. ¿Por qué no coger una piedra de aquí?
Entonces, Laura se detuvo y se giró hacia él. La luz de la linterna creaba sombras en su rostro que distorsionaban sus rasgos hasta tal punto que, por un breve momento, Sergio creyó estar mirando a los ojos a un cadáver.
—Porque yo sabría que no sería más que un truco.
Sin darle pie a responder, volvió a darle la espalda y continuó avanzando. Sergio la siguió, no sin antes formular lo que fue más un quejido que una protesta firme,
 que ella ignoró. No se fue en parte porque no se atrevía a regresar solo en medio de aquella negrura, pero también porque había visto en sus ojos una locura indómita, una mirada que difería mucho de todas las que él le conocía. Por eso no quiso dejarla sola; simplemente, no podía. La siguió arrastrando los pies, sin perder de vista su silueta recortada contra la tenue luz de la linterna.
Todos sus sentidos estaban en alerta roja, cada fibra de su ser le pedía que saliera corriendo. Pero no podía huir. Mientras su mente gritaba, su cuerpo se limitaba a seguir caminando hacia delante, hasta el punto de que se instauró en él la sensación de que una mano invisible lo controlaba. Prosiguieron su andanza mientras aquel túnel bajo la montaña se extendía sin que se atisbara ningún indicio de su fin.

Como despertando de un trance, Sergio miró su reloj de muñeca. Se le heló la sangre en las venas. Tenía la impresión de llevar marchando toda la noche, pero sólo habían transcurrido cinco minutos desde que se despidieron de los demás.
—No puede ser…—-musitó.
Se dio cuenta entonces de que ya no veía a Laura. Estaba seguro de que hacía apenas unos segundos estaba frente a él.
—¿Laura? —No obtuvo respuesta.
Agarró su propia linterna y luchó contra el temblor de sus manos para apretar el botón. Cuando logró encenderla, un haz de luz iluminó la caverna a la que habían ido a parar. Buscó frenéticamente con la mirada, pero no vio a nadie.
Estaba a punto de llamar a gritos a su hermana cuando de repente sintió que alguien le golpeaba ligeramente la espalda para llamar su atención. Se volvió con el corazón en un puño para descubrir que Laura, con el mismo aspecto de años atrás, lo observaba con el ceño fruncido.
—¡Me has dado un susto de muerte! —Le recriminó Sergio.— ¿Dónde te habías metido?
Por toda respuesta, la niña sonrió y le tendió una piedra. Perplejo, su gemelo la cogió. Era casi esférica, pero a la luz de la linterna no logró determinar qué clase de mineral la constituía. Laura, sin pronunciar palabra, había puesto ya rumbo a la salida.
—¡Espera!
Echó a correr tras ella, pero la distancia que los separaba parecía insalvable. En algún momento, la linterna cayó de su mano y se apagó al golpear contra el suelo. Solo en la fría oscuridad, llamó a gritos a su hermana. No hubo respuesta. Creyó sentir junto a él un aliento gélido, y estiró el brazo en busca de una pared que le sirviera de guía. Así, avanzando a tientas, recorrió un buen trecho.
De vez en cuando volvía a notar aquel soplo de aire, pero cuando sacudía la mano en torno a sí mismo en busca de quien lo provocaba, sólo se encontraba con el vacío. Sentía las piernas cada vez más pesadas, como si una fuerza invisible tratara de retenerlo. Repentinos tirones de su camiseta lo hacían volverse sintiendo los latidos de su corazón golpear en sus oídos, hallando nuevamente el silencio por respuesta. Se decidió a seguir avanzando, sin detenerse a mirar atrás una sola vez. Sentía que cada vez que lo hiciera podía ser la última. Así continuó hasta que vislumbró una leve claridad en la lejanía.
Se vio a sí mismo con once años, corriendo despavorido, huyendo de la misma sensación que lo perseguía ahora. Había sido al llegar fuera cuando se había dado cuenta de que Laura no estaba con él. No importaron los meses de búsquedas, ni los años de esperanzas marchitadas por el desaliento: Jamás pudieron averiguar qué le había sucedido a Laura.
Pero en aquella ocasión no se iría sin ella. Todavía con la piedra en la mano, que se había negado a soltar en todo el trayecto, se permitió mirar una última vez hacia atrás. Sólo una, para asegurarse de que Laura seguía allí, tras él.  No volvería a abandonarla.
Su gemela le sonrió y extendió una mano trémula hacia él. Juntos, reemprendieron el viaje de regreso hacia las entrañas de la tierra.


A la mañana siguiente, encontraron el cadáver de Sergio a la entrada de la cueva. No pudieron determinar cuál había sido la causa de la muerte, pero nadie en el pueblo pudo olvidar la manera en que una sonrisa había quedado grabada en el rostro del fallecido para toda la eternidad.  

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