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La princesa y el lobo


Llevaban varias horas marchando y los rayos del sol ya se acostaban tras las suaves ondulaciones del terreno. Los Thimory eran conocidos por su gran sabiduría en cuanto a los caminos se refería. Pasaban toda su vida viajando de un pueblo a otro, deleitando a sus habitantes con historias y canciones de tiempos ya olvidados. Pero incluso ellos sabían que, por muy irracional que fuera, no convenía ocupar los caminos durante la noche; pues, según la creencia popular, durante ese tiempo los fantasmas de los bandidos regresaban de entre los muertos para continuar sus fechorías. De haber preguntado a un Thimory, probablemente este hubiera respondido que, fantasmas o no, estaba claro que la oscuridad nocturna era una cómplice para los actos de moral cuestionable, y que lo más sensato era no correr el riesgo.

Era precisamente en esos descansos cuando se producían los mejores momentos en la vida de un Thimory, y en la de cualquier viajero afortunado que se topara con ellos poco antes de que hubieran montado el campamento: su hospitalidad era casi tan conocida como su sabiduría. Tras la cena, los Thimory solían sentarse en torno a una hoguera y contar historias entre ellos. A veces eran historias de nueva creación que sometían a la crítica de sus compañeros, otras, viejas leyendas que, por alguna razón que nunca explicaban, consideraban demasiado especiales para ser contadas ante un público cualquiera.

Aquella noche no había ningún huésped con ellos. El camino a la ciudad de Corboy solía ser tranquilo, de manera que no les extrañó no haberse encontrado con ningún otro viajero. Esa circunstancia propició que el Maese Thomas se decidiera por fin a contarles la historia más antigua y secreta que albergaba en su memoria. La emoción palpitaba en el ambiente, pero nadie se atrevió a demostrarla abiertamente por miedo a molestar al anciano. Tras haber apurado su té, observó a todos con ojos cansados y comenzó.

—La historia que hoy voy a contaros no se encuentra en ningún libro, al menos, no en uno conocido por el hombre. Sucedió en el tiempo en el que los dioses aún escuchaban a los humanos. Gira en torno al rey Raphale, pero más aún en torno a su hija Delaya.  Durante años, el rey rezó a los dioses pidiendo que le concedieran a su mujer la capacidad de concebir un heredero. Atendieron estos a sus súplicas y, con la primavera siguiente, llegó la dicha a los reyes en forma de una preciosa niña. Sin embargo, era una niña inquieta y curiosa, y les resultaba muy difícil mantenerla dentro de los muros del castillo.

»Conforme su edad iba avanzando, se alejaba más del amparo de la fortaleza, y así todo aquel que la conociera sabía que si quería encontrar a la princesa debía buscarla en el bosque. Al rey no le gustaban nada estas excursiones, y por eso mandaba que la trajeran antes de que el sol cayera, temeroso de lo que los caminos nocturnos pudieran albergar. Sin embargo, los reyes no agradecieron a los dioses su regalo con ofrendas. Como castigo, hicieron que la muchacha escapara bien entrada la noche de sus aposentos y huyera a la zona más escarpada del camino que conducía al bosque, con la intención de que los lobos la devorasen. Sin embargo, el dios del destino no se mostró conforme, ya que la consideraba inocente y, cuando la joven ya se hallaba frente a un lobo inmenso y negro como el rostro de la muerte, escribió en su historia que un leñador, que se había retrasado con su trabajo, pasara por allí y con un certero golpe de hacha abatiera al animal, salvando así su vida. A partir de ese momento, los unió un vínculo de amistad que con el tiempo dio paso al amor.

»Su padre, que nada sabía de las escapadas de su hija ni del designio de los dioses, la prometió con el heredero de un país vecino. Cuando Delaya se negó, ambos reyes se enzarzaron en una guerra por orgullo. El horror que acarreó la furia de los dioses ante su comportamiento debió de ser de tal magnitud que el reinado de Raphale fue condenado al olvido. Viendo al pueblo sumido en la desdicha, la princesa se ofreció como sacrificio a los dioses en un intento de aplacar su ira, y estos se mostraron conformes.

»Pero cuando el leñador supo de las intenciones de su amada, acudió antes que Delaya al lugar donde esta debía reunirse con su destino y rogó a los dioses que tomaran su vida en lugar de la de ella. Su sacrificio los conmovió y, en reconocimiento a su buena fe, no tomaron su vida, sino que la cambiaron. Cuando Delaya vio lo que había hecho por ella, se sintió terriblemente desdichada, pero los dioses ya no atendían a plegaria alguna. A partir de ese día, allí donde iba la seguía un precioso lobo blanco. Lloraba a los dioses todas las noches hasta que la pena la consumió.

El Maese Thomas dio un trago a su cantimplora. El resto de los Thimory lo observaban, esperando que añadiera algo más, pero el anciano permaneció en silencio. Finalmente, uno de los más jóvenes se atrevió a preguntar:

—¿Qué pasó con Delaya?

—¿Y con el leñador? Era el lobo, ¿no es así? —añadió una niña pequeña. Thomas sonrió.

—Depende de a quién preguntes. Unos dicen que murieron los dos de pena. Otros, que Delaya se suicidó y tras eso, el lobo sencillamente desapareció. Y hay unos pocos que aseguran que los dioses por fin respondieron.

—¿Cuál es la versión real?

—Supongo que, como en toda historia que nunca ha sido escrita, puedes elegir la que más te plazca.

El silencio se apoderó una vez más del campamento de los Thimory, el tiempo suficiente como para que todos pudieran escuchar con claridad cómo los aullidos de dos lobos sonaban en perfecta sincronía, como una antigua canción que solo ellos recuerdan.




Irene, 2013.

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