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La inmortalidad

¡Hola! Aquí os traigo un nuevo relato que se me ocurrió el otro día en el bus de camino a casa. No tenía lápiz y papel a mano, así que lo escribí en una nota del móvil. Supongo que podría decirse que la necesidad agudiza el ingenio, ¡jaja! 
Como de costumbre, espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo. 
¡Un saludo!
Irene

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Nacieron más o menos a la vez. Mientras ella era colmada de regalos que todavía no comprendía,  a él lo rodeaban de lágrimas. Hubieron de pasar tres años antes de que se conocieran, pero ello no impidió que sintieran una curiosa atracción hacia su mutua compañía en el acto. Ella crecía a pasos de gigante, tornándose más hermosa con cada amanecer. Él se sentía pequeño y débil, sin que pasara un sólo día en el que no se admirara del porte de la joven, de su vitalidad,  de su alegría... deseaba poder moverse como ella, pero todo lo que podía hacer era observarla en silencio. A la muchacha no le importaba en absoluto, jugaba con él a pesar de ello y a veces lo acariciaba y le susurraba que algún día se haría grande y fuerte, que sólo debía tener paciencia. Aquellas palabras, pronunciadas con el cuidado de una promesa, eran todo cuanto necesitaba para seguir adelante día tras día.
Pasaron algunos años en los que las obligaciones de ella le impidieron acudir a visitarlo, mas la distancia hizo el reencuentro más emocionante. Ella se había convertido en una hermosa mujer y él, tal y como su amiga le había prometido, había crecido sano y fuerte. Ya no se sentía insignificante,  sino majestuoso. Orgulloso, mostró su nuevo aspecto ante la muchacha, que emocionada lo abrazó.  Él deseó poseer unos brazos con los que devolverle aquel abrazo, pero la naturaleza no había tenido a bien dárselos. Tampoco importaba, su amiga podía sentir su gratitud aun sin ello.
De nuevo pasaron años sin que ninguno supiera del otro más que los sueños que compartían por las noches. Sin embargo, por muy ardua que fuera la espera, él sabía que volverían a encontrarse; y así fue. La edad ya había arado el rostro de su amiga y algunos hilos de plata recorrían sus cabellos, pero a él le pareció que seguía tan hermosa como siempre. Ella lloraba amargas lágrimas de despedida. De esta forma fue como él supo que iba a morir. La noche anterior un rayo había herido su cabeza y, aunque a sus ojos no tuviera mayor importancia, presentía que sólo era cuestión de tiempo que para los demás sí la tuviera. Como despedida, la mujer se llevó algo suyo, haciendo que su destino ya no le pareciera tan triste ahora que sabía que su semilla viviría para siempre junto a ella.


Por eso, cuando los leñadores llegaron al día siguiente, el árbol que había visto crecer a la hija del duque los recibió sin pesar en el corazón. La semilla que ella plantó aún sigue creciendo en los jardines del palacio, sin que nadie recuerde la tierna historia que la acompaña.


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Nota final de la autora:
Si habéis llegado leyendo hasta aquí, muchas gracias.
El título no me acaba de convencer, pero tras darle muchas vueltas, no se me ocurría ninguno que no resultara "spoileador". Elegí La inmortalidad como referencia a que el cariño que la hija del duque sentía por aquel árbol seguirá viviendo a través de la semilla que con tanto afán plantó en el jardín de su palacio. Hay historias que nunca mueren, aunque ya nadie pueda recordarlas. 
Una vez más, muchas gracias por leerme. ¡Nos vemos en el siguiente relato!



Irene, 2015

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