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Lorelai

Heme aquí de nuevo, tras una larga temporada sin poner un pié en este lugar, publicando una historia recién salida del horno. Aún humea entre mis manos este cuento de hadas que, al igual que los anteriores, espero que os guste y que lo disfrutéis como yo lo he hecho al escribirlo.
Un  abrazo
Irene 
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Lorelai estaba tumbada tranquilamente sobre una flor, como cada tarde. Se había pasado el día revoloteando de acá para allá y estaba realmente cansada. Entonces sintió que la corola de la flor se aproximaba al suelo a unas velocidades alarmantes. Miró hacia arriba y no pudo contener un grito de pánico. 
Un pájaro de vistoso plumaje, la contemplaba con ojos hambrientos mientras sujetaba con una pata el tallo de la flor. Lorelai abrió las alas y voló con todo lo rápido que fue capaz para huir de la bestia. Justo cuando ésta estaba a punto de darle alcance, el hada se coló sin querer en la gruta de la bruja y, al no poder frenar, se precipitó irremediablemente hacia la marmita.

Nadó en el líquido verdoso hasta que logró alcanzar el borde del recipiente y, una vez se sentó en él, intentó recobrar el aliento. 

Entonces escuchó a la bruja aproximándose y se escondió tras unos frascos rápidamente.
- Eso es, eso es... Pronto mi poción estará preparada y todo el reino temblará ante mí. El rey tendrá que cederme la corona y al fin tendré el poder.- La bruja soltó una escalofriante carcajada.
- ¡Dios mío! ¡Es terrible! Tengo que avisar al rey.
Lorelai salió volando tan discretamente como pudo, pero nada escapaba a la vista de la bruja, que juró encontrarla y acabar con ella.
De pronto el hada empezó a sentirse muy mal. Los brazos le pesaban y sentía como si sus alas fueran cada vez más diminutas y ya no pudieran sostener su cuerpo. Se desplomó sobre el suelo, tosiendo, hasta que perdió el conocimiento.
- Chica, eh chica... ¿estás bien?
Abrió los ojos lentamente y halló a un muchacho contemplándola con cara de preocupación.
- Sí.... estoy.... ¡Ah!- gritó sin dejar de mirarse las manos.

- ¿Pero qué te pasa?

- ¡Soy más grande! No... ¡Soy humana!
- Esto... ¡claro!
- No lo entiendes... verás.... es que yo antes era un hada... Pero la bruja... ¡la poción! Eso es, me caí dentro de la marmita.... ¡La poción! Tengo que ir a ver al rey... ¡Eh! ¿Dónde vas?
- Tengo más cosas que hacer- dijo con frialdad subiéndose a un carro tirado por una mula blanca.
- ¿Vas a palacio?
- Eeeeh.... Sí

- ¡Estupendo! ¿puedo ir contigo?

- ¿Qué? Ah no.. ¡ ni hablar!
- Vamos gruñón.... prometo que ni te enterarás de que estoy aquí.
- Eso espero
Pero no fue así en absoluto. Lorelai nunca había visto el mundo desde la perspectiva humana, y cada mínimo detalle la fascinaba, sacando de quicio al pobre Garret, lo que les ocasionó más de una discusión.
- Haremos noche aquí.- dijo el joven por fin.
- ¿Sabes qué es lo que más echo de menos de ser hada?
- ¿Qué?- preguntó Garret con un deje de ironía que Lorelai no notó.
- Las estrellas... cuando eres un hada se ven mucho más hermosas. Son como pequeñas perlas prendidas en el cielo.
- Vaya, eso es muy bonito, cursi, pero bonito.
- Gracias.
Aunque siguieron discutiendo ocasionalmente, el resto del viaje se hizo más ameno. Garret se maravilló por la inquebrantable convicción de la joven de que la vida era como un cuento de hadas. Veía cosas cotidianas como algo mágico, y nunca dejaba de sorprenderse, y aunque eso le irritaba, también le producía curiosidad por el origen de la muchacha.
Y al tercer día de viaje por fin se atrevió a preguntar.
- ¿De dónde eres Lorelai?
- Del País de las Hadas, ya te lo he dicho muchas veces.
- No, digo de verdad.
- Es la verdad
- No, no lo es.
- Claro que sí.
Garret detuvo el carro.
- Bájate.
- ¿Qué? ¿Qué pasa?- Lorelai obedeció, aturdida.
- ¿Eres una espía o algo? ¿una ladrona?
- ¡No! Ya te lo he dicho, soy un hada
- Ni hablar....
- ¿Por qué no me crees?
- Porque las hadas no existen.
Y dicho esto arrancó el carro y se alejó a toda prisa dejando a la pobre Lorelai con el dolor oprimiéndole el pecho. Poco a poco se sintió más débil. Observó cómo el carro empequeñecía, y pronto se dio cuenta de que no era el carro el que se alejaba, sino ella, que volvía a su tamaño original.
Garret iba mascullando palabras ininteligibles cuando de repente la mula se paró.
- ¿Qué te pasa? No me digas que tú la crees. Por favor... ¡Está como una cabra! Seguramente sea una ladrona. Ya me lo olí la primera vez que la vi, con esos ojos tan profundos y brillantes.... ¡Y siempre con esas absurdas estupideces! Que si las estrellas son como perlas... Que si los pájaros le parecían más simpáticos ahora que no intentaban matarla... ¿Y qué me dices de su forma de andar? Tan delicada, casi como si no rozara el suelo... ¿Y su sonrisa? Siempre con una sonrisa reluciente en los labios, siempre riendo por todo, me pone enfer....- Y entonces paró en seco, pues se dio cuenta de que, en aquellos tres días, la aversión que había sentido por la muchacha se había convertido en cariño. La echaba de menos, la parte trasera del carromato estaba demasiado tranquila sin ella.
Y así giró su carro y se dispuso a volver a por ella y pedirla disculpas, cuando vio que la bruja del reino llevaba algo en un farolillo. Algo que tintineaba y luchaba por salir de su prisión.
- ¡Lorelai! - Garret trató de dar alcance a la bruja, pero ésta lanzó un hechizo y su carro se convirtió en una sandía, estampándole de bruces contra el suelo. Si no lo acabara de ver con sus mismos ojos, jamás lo habría creído. Lorelai decía la verdad. Y él la había llamado mentirosa. Menudo imbécil había sido. Decidido a salvarla, se montó sobre su mula y galopó hasta la gruta de la bruja, donde se coló de puntillas.
La despiadada anciana estaba añadiendo ingredientes a su poción.
- Nunca me han gustado las hadas, siempre metiéndose donde no las llaman. Por poco desbaratas mis planes... Ahora me servirás de conejillo de indias.
Lorelai estaba sobre una estantería, temblando en el farolillo. Entonces le vio y una sonrisa se dibujó en sus labios, en los que se pudo leer perfectamente el nombre del muchacho. Antes de que la bruja tuviera tiempo para reaccionar, Garret la empujó contra la marmita. La bruja chilló de dolor mientras la poción que ella misma había preparado la derretía hasta que solo quedó su sombrero puntiagudo.
Garret abrió el farolillo y tomó con delicadeza a Lorelai entre sus manos.
- Siento mucho no haberte creído.
- No pasa nada... Lo entiendo... creo
- Me gustaría tanto conocer el País de las Hadas, ahora que sé que existen.
- El problema, es que solo las hadas pueden entrar en él.
- No quiero tener que decirte adiós...
- Yo tampoco...- El muchacho la estrechó con cuidado contra su pecho.
El hadita suspiró, y de pronto exclamó:
- ¡Ya lo tengo!- salió volando de las manos del aturdido muchacho y regresó con un frasco lleno de un líquido violáceo.
- Bébelo
Garret lo hizo y al instante unas hermosas alas de libélula le brotaron de la espalda y encogió hasta llegar al tamaño de Lorelai.
- Ahora nunca tendremos que decirnos adiós.
Garret sonrió y cogió la mano que Lorelai le tendía. Volaron hacia el País de las Hadas y, según me han dicho, a día de hoy aún cuentan esta historia a sus nietos.
En cuanto al reino, nunca nadie supo lo cerca que habían estado todos del desastre. Se podría decir, como es tradicional para finalizar un cuento de hadas, que todos vivieron felices y comieron perdices.

Irene, 2011.  



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