miércoles, 3 de mayo de 2017

Quiero

Quiero que me vistas de amaneceres y de desayunos en la cama, de palabras sinceras y verdades abrasadoras. Que me arropes con tus brazos y me digas que todo saldrá bien, que aunque este mundo se hunda, nosotros no hemos olvidado cómo alzar el vuelo.

Quiero que sepas que si el día es frío, yo seré tu fuego; y en los días oscuros un faro te encenderé con la estrella que una vez robamos al cielo. 

viernes, 27 de enero de 2017

Un tesoro de cristal

Lo voy a confesar, yo soy una de esas personas que llora y ríe con los libros, soy una persona que vive con los libros. Y no podría sentirme más orgullosa de esa parte de mí, por ridícula que pueda parecer a otras personas. Esa parte de mí es un tesoro de cristal en mi interior, frágil y bello.

Adoro sumergirme en los libros, amo el tacto de sus páginas bajo mis dedos, el cómo a veces pueden apreciarse las débiles hendiduras de la tinta. Su olor, el olor de los libros nuevos, que es una promesa, y el de los libros viejos, que cuenta una historia por sí solo.

Y, aunque quienes aparezcan en esas páginas no sean reales, para mí viven y respiran en ellas. Adoro la ficción porque en ella encuentro mucha más realidad que en cualquier otra parte. En los libros la naturaleza humana, las emociones y los sentimientos se hallan al descubierto, esperando que algún lector piadoso las examine y se maraville con todo lo que pueden llegar a contener, y a cambio ellos le entregan otros muchos nuevos sentimientos. Tengo una forma de ver la vida que me han dado los libros que he leído, y no me arrepiento ni me avergüenzo de ello.

Y lo confieso, soy una persona que llora y ríe con los libros, que vive con ellos. Porque cuando no sé lo que hacer, imagino que soy el personaje de un libro, y trato de discernir cómo actuaría. Algo que, aún pareciendo increíble, puede resultar un auténtico faro en la tormenta. 
Y por eso y mucho más, lo confieso; soy una persona que adora su pequeño tesoro de cristal. 

viernes, 11 de marzo de 2016

A ti

A ti, que miraste a mis defectos y dijiste que eran perfectos, que me abrazaste en lo más crudo del invierno. A ti, que me devolviste la sonrisa cuando sólo quería llorar y disipaste la niebla de mi mente. A ti, por ser quien eres, te regalo mis mejores días, mi sonrisa más cálida y mi beso más sincero.


lunes, 21 de diciembre de 2015

La dama del arpa

Cuenta la leyenda que en un punto perdido en la inmensidad de un océano se asienta un pequeño islote. Visto desde la superficie, no parece tener nada extraordinario, tan solo es una roca desnuda que se alza ligeramente sobre las aguas.
Sin embargo, lo que le hace especial se encuentra bajo esta fachada, oculto en diversas grutas que serpentean en el interior de la rocosa torre que ancla el islote al lecho marino. Eran los Nymurièn, una antigua tribu cuya vida se desarrollaba durante la noche de forma sumergida. Su sociedad nunca se había visto contaminada por el mundo exterior, y quizá ello explique la utópica organización por la que se regían. Mas no todo era alegría en su micromundo. Tenían los Nymurièn unos enemigos ancestrales que habitaban en el fondo del océano, en una cueva excavada en los cimientos del islote. Los Varrun eran criaturas monstruosas que cada noche salían a cazar, siendo su alimento predilecto los Nymurièn.
Es aquí donde aparece en escena el ser a quien se debe esta leyenda. Su origen es incierto: en algunas de las historias, los marineros la describen como una nereida que sentía una gran simpatía por los habitantes del islote; en otras, es una de los propios Nymurièn que decidió sacrificarse por los suyos y salir a la superficie.
En lo que sí coinciden todas las historias es en la descripción de su maravillosa arpa. Estaba completamente hecha de oro, incluso las cuerdas era finas hebras doradas que despedían brillos de fuego al chocar en ellas los últimos rayos del sol. Cada noche, la dama se sentaba con su arpa y tocaba una melodía que ponía fin a las pesadillas de los Nymurièn. Su interpretación sumía a los Varrun en un profundo sueño gracias al cual nuestros míticos personajes podían moverse libremente sin temor a que la muerte cayera sobre ellos por sorpresa.
Así, cada noche desde que apareció la dama del arpa, los Nymurièn vivían tranquilos mientras los Varrun se hallaban inmersos en un profundo sueño que se veía alimentado por la música. Aquella paz duró algunos años, hasta el día del terremoto.
No fue una gran sacudida, los Nymurièn apenas lo notaron, pero sí fue suficiente para despertar a los Varrun de su letargo. La primera en darse cuenta fue la dama del arpa, que comenzó a tocar con más fuerza, y su melodía se volvió más agresiva. A los isleños les extrañó este cambio, pero no fueron conscientes del pulso que se había iniciado entre los monstruos y la dama hasta que amaneció y el arpa siguió sonando. Mientras la música continuara, los Varrun no despertarían por completo y los Nymurièn estarían a salvo.
Sin embargo, esta tarea requería un gran esfuerzo para la dama, que no podía dejar de tocar en ningún momento. Aunque las cuerdas levantaron la piel de sus dedos y sus manos acabaron teñidas de carmín, no cesó de acariciarlas en cinco días, sabedora de que el peso de la vida de los Nymurièn reposaba sobre sus hombros. Al sexto día, la fuerza de su interpretación se aminoró.
La consecuencia fue que los Nymurièn percibieron un movimiento en la cueva de los Varrun y, por primera vez en años, tuvieron que tomar las armas. Como es natural, no sabían utilizarlas. Nunca habían tenido necesidad de recurrir a ellas y solo quedaban unos pocos ancianos que recordaran los enfrentamientos con sus ancestrales enemigos. Esto supuso una desventaja para ellos a la hora de hacer frente a los Varrun que salieron de su guarida. Los años de hambre acumulada habían provocado en los monstruos una sed de sangre irrefrenable que les hacía atacar con una ferocidad desconocida. Por suerte, las entradas de las cuevas de los Nymurièn eran demasiado estrechas para que los Varrun pudieran pasar por ellas y pudieron refugiarse.
La dama estaba exhausta, pero no dejó de interpretar la melodía. Conforme avanzaban las horas, el número de notas discordantes aumentaba, seguido de una rápida rectificación de la intérprete y acarreando un asedio más agresivo para los habitantes encerrados en el interior del islote. El confinamiento comenzaba a hacer mella en su espíritu, tan acostumbrado a llevar una vida sosegada. Además, cada vez estaban más preocupados por la salud de la dama, quien se había convertido en una personalidad muy querida para ellos, hasta tal punto que algunos la adoraban y veneraban como diosa.
La noche del octavo día, la música paró.
Aquel silencio era nuevo para los Nymurièn, quienes se vieron dominados por el pánico. Más que el temor a los Varrun, lo que les sucedía era que se sentían incompletos sin aquella melodía en el ambiente. Tanto era así que, inconscientemente, unos pocos comenzaron a tararearla.
Mientras, la dama lloraba en la superficie del islote, creyendo que sus preciados amigos estaban siendo exterminados. Aunque no conociera el rostro de ninguno de ellos, el tiempo había creado un fuerte vínculo que los unía de manera inquebrantable. Lavó sus manos en el agua del océano y la sal escoció en sus heridas. El olor de la sangre fue un reclamo para los Varrun, tal y como ella pretendía. Había jurado dedicar su vida a proteger a los Nymurièn y, al no poder continuar tocando su arpa, pensó que al menos intentaría apartar a tantos monstruos de ellos como pudiera, aunque aquel acto le costara la vida.  Se sentó a esperar la muerte, y ya percibía cómo los Varrun se aproximaban cuando sucedió algo insólito.
Un coro de voces claras ascendió desde las profundidades interpretando la melodía del arpa. Los Nymurièn la habían escuchado durante tanto tiempo que eran capaces de reproducirla a la perfección. Al empezar a tararearla movidos por el pánico se habían percatado de que tenía efecto en los Varrun, que agitaban la cabeza en evidente señal de molestia y comenzaban a nadar aturdidos. Ver cómo ascendían a la caza de su dama fue todo lo que los habitantes del islote necesitaron para reaccionar.
Así fue como los Nymurièn vencieron a los Varrun y salvaron a la dama del arpa, cuyas manos sanaron con la asombrosa rapidez de los seres sobrenaturales y recluyó de nuevo a las temibles criaturas.

Cuenta la leyenda que de noche en alta mar, si se agudiza lo suficiente el oído, puede escucharse la melodía de un arpa acompañada de un coro de voces claras. 

sábado, 10 de octubre de 2015

Reflectante

Me tiende una mano somnolienta que mis oscuros ojos no alcanzan a ver. En medio de la penumbra de mi alma su figura es vaporosa, onírica, lejana.
"¿Quién eres?", pregunto. 
Nadie me responde, pues nadie hay.
La figura parece flotar, como los pétalos que se desprenden perezosamente de las copas de los árboles. No alcanza mi vista a escrutar su rostro, hasta el punto de que casi se me antoja que no posee uno. Si es un hombre o una mujer tampoco puedo distinguirlo. Pero sus manos, extendidas como ramas, no cesan su invitación.
"¡¿Quién eres?!" grito. 
Sólo el silencio me responde.
Echo a correr hacia la figura, ignorando las punzadas de dolor que aguijonean mi cuerpo agarrotado. Cuanto más cerca estoy más distante se me figura esa aparición fantasmagórica. Su mano trémula continúa, no obstante, extendida hacia mí. Apenas llego a rozar las yemas de sus dedos...
Despierto. 
Sólo ha sido mi reflejo en el espejo. 
Mi reflejo y nada más.


Anne Stokes©

domingo, 7 de junio de 2015

La inmortalidad

¡Hola! Aquí os traigo un nuevo relato que se me ocurrió el otro día en el bus de camino a casa. No tenía lápiz y papel a mano, así que lo escribí en una nota del móvil. Supongo que podría decirse que la necesidad agudiza el ingenio, ¡jaja! 
Como de costumbre, espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo. 
¡Un saludo!
Irene

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Nacieron más o menos a la vez. Mientras ella era colmada de regalos que todavía no comprendía,  a él lo rodeaban de lágrimas. Hubieron de pasar tres años antes de que se conocieran, pero ello no impidió que sintieran una curiosa atracción hacia su mutua compañía en el acto. Ella crecía a pasos de gigante, tornándose más hermosa con cada amanecer. Él se sentía pequeño y débil, sin que pasara un sólo día en el que no se admirara del porte de la joven, de su vitalidad,  de su alegría... deseaba poder moverse como ella, pero todo lo que podía hacer era observarla en silencio. A la muchacha no le importaba en absoluto, jugaba con él a pesar de ello y a veces lo acariciaba y le susurraba que algún día se haría grande y fuerte, que sólo debía tener paciencia. Aquellas palabras, pronunciadas con el cuidado de una promesa, eran todo cuanto necesitaba para seguir adelante día tras día.
Pasaron algunos años en los que las obligaciones de ella le impidieron acudir a visitarlo, mas la distancia hizo el reencuentro más emocionante. Ella se había convertido en una hermosa mujer y él, tal y como su amiga le había prometido, había crecido sano y fuerte. Ya no se sentía insignificante,  sino majestuoso. Orgulloso, mostró su nuevo aspecto ante la muchacha, que emocionada lo abrazó.  Él deseó poseer unos brazos con los que devolverle aquel abrazo, pero la naturaleza no había tenido a bien dárselos. Tampoco importaba, su amiga podía sentir su gratitud aun sin ello.
De nuevo pasaron años sin que ninguno supiera del otro más que los sueños que compartían por las noches. Sin embargo, por muy ardua que fuera la espera, él sabía que volverían a encontrarse; y así fue. La edad ya había arado el rostro de su amiga y algunos hilos de plata recorrían sus cabellos, pero a él le pareció que seguía tan hermosa como siempre. Ella lloraba amargas lágrimas de despedida. De esta forma fue como él supo que iba a morir. La noche anterior un rayo había herido su cabeza y, aunque a sus ojos no tuviera mayor importancia, presentía que sólo era cuestión de tiempo que para los demás sí la tuviera. Como despedida, la mujer se llevó algo suyo, haciendo que su destino ya no le pareciera tan triste ahora que sabía que su semilla viviría para siempre junto a ella.


Por eso, cuando los leñadores llegaron al día siguiente, el árbol que había visto crecer a la hija del duque los recibió sin pesar en el corazón. La semilla que ella plantó aún sigue creciendo en los jardines del palacio, sin que nadie recuerde la tierna historia que la acompaña.


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Nota final de la autora:
Si habéis llegado leyendo hasta aquí, muchas gracias.
El título no me acaba de convencer, pero tras darle muchas vueltas, no se me ocurría ninguno que no resultara "spoileador". Elegí La inmortalidad como referencia a que el cariño que la hija del duque sentía por aquel árbol seguirá viviendo a través de la semilla que con tanto afán plantó en el jardín de su palacio. Hay historias que nunca mueren, aunque ya nadie pueda recordarlas. 
Una vez más, muchas gracias por leerme. ¡Nos vemos en el siguiente relato!


miércoles, 13 de mayo de 2015

El Sauce Dormido

¡Hola de nuevo!

Esta vez comparto aquí un cuento muy especial... El primero. Cuando era pequeña (no sabía escribir aún) me gustaba mucho contarlo, de manera que se lo narraba a mi familia, a mis peluches e incluso a mí misma. Mi madre lo guardó en el ordenador, pero pese a los años que han pasado, no ha abandonado jamás mi memoria.
Hace algunos años, fui a un colegio a hacer de cuentacuentos para niños de parvulario y el primer cuento que acudió a mí fue éste, de modo que fue el que les conté, ¡les gustó muchísimo! Lo cual fue todo un halago para mí :)
En el 2006 me propuse escribirlo, y la redacción que os traigo es la de aquel entonces. Por una cuestión romántica, no he querido cambiarla, así que tened en cuenta que estáis leyendo a una Irene de doce años ^^'.
Espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo :3
¡Un saludo!


Érase Una vez, en un bosque, una fila de sauces. En el medio de esa fila había un sauce muy pequeño que por las tardes contaba cuentos a los animalitos del bosque. Una noche el sauce pensó: “Pues vaya pérdida de tiempo que es dormir, mientras duermo no puedo jugar, ni contar cuentos, ni siquiera cantar”. Entonces el sauce vio a un pajarito que no se podía dormir, el sauce le preguntó:
- ¿Qué te pasa pajarito? ¿Por qué no duermes?
-No puedo dormirme porque mis hermanos están roncando- respondió el pajarito.
- ¿Qué tal si te cuento un cuento?- Le propuso el sauce
- ¡Sí, sí, me encantaría! -Dijo el pajarito, y el sauce empezó a contar.
Muy pronto el pajarito se quedó dormido y el sauce que lo vio empezó a silbar dulcemente. Y así todas las noches se repetía lo mismo.
Pero un día, como se había pasado muchas noches sin dormir, el sauce se quedó dormido, en un profundo sueño y no se podía despertar. Los animalitos del bosque preocupados porque no les podía contar cuentos, propusieron:
-Vamos a ver a la mamá de todos estos sauces, el Sauce Llorón, tal vez nos pueda decir cómo despertar al sauce.
Cuando llegaron y se lo contaron todo al Sauce Llorón ésta les dijo: “Si queréis despertar a mi hijo más pequeño tendréis que esperar a que un lobo aúlle a la luna cuando esté encima de él”,
-Pero la luna siempre está en el mismo sitio- dijo un conejito.
-  ¡Pero es la única forma! - insistió el Sauce Llorón.
Los animalitos, convencidos de que no iba a funcionar, se marcharon a sus casas a dormir. Pero se equivocaban, porque aquella noche un lobezno que vio la luna pensó: “Tal vez pueda aullar a la luna como mi papá hace siempre antes de irse a dormir”, y dicho y hecho, el lobezno empezó a correr, pero la luna parecía moverse de sitio.
-¡Espera luna! - dijo el lobezno- ¡sólo quiero aullar para ti!
El lobezno corrió todo lo que pudo. Al cabo de un rato empezó a sentirse cansado y soñoliento, se paró cerca de un sauce a dormir. ¿A que no adivináis quien era ese sauce? el sauce dormido, entonces el lobezno se dio cuenta de que la luna se había posado encima del sauce y pensó: “ahora es mi oportunidad, aullaré para la luna”, y el lobezno empezó a aullar: ¡¡auuuuu, auuuuu,!!
Tanto ruido hizo que el sauce despertó sobresaltado. El lobezno, asustado, retrocedió.
-No temas- dijo el sauce, -¿por qué no te echas un rato?
Y el lobezno se recostó sobre las raíces del sauce y se quedó dormido.
A la mañana siguiente todos los animalitos volvieron a escuchar los cuentos tan bonitos que el sauce contaba especialmente al pequeño lobezno.

El Pastor del Dragón

¡Hola!
Aquí os traigo un relato que escribí allá por el 2007 y que hace algún tiempo estuvo por aquí subido, sin embargo, por una serie de motivos lo eliminé. Helo aquí de nuevo, fue uno de los primeros relatos que escribí de forma "seria", hasta el momento sólo había escrito pequeños cuentecillos como El Sauce Dormido, así que le tengo un especial cariño. 
Como de costumbre, espero que disfrutéis al leerlo tanto o más que yo al escribirlo :3, 
¡Un saludo! 

En un lugar muy lejano, ya olvidado por los seres humanos, había un pequeño pueblo al pie de un volcán. Hacía años que el volcán no entraba en erupción, pero hubo un tiempo en el que este entraba en  constantemente. Nos trasladamos, a la plaza de este pequeño pueblecito donde un amable anciano reúne a la juventud a su alrededor, esperando captar su atención con alguna leyenda antigua.
- Abuelo Matías, cuéntenos una de sus historias por favor.- Le ruega una dulce niñita que apenas si aparenta los cinco años.
- Esto era un rey...
-Que tenía tres hijas las metió en tres botijas y las tapó con pez.- Un muchachito de expresión pícara interrumpió al anciano, tenía fama de ser el graciosillo del pueblo.
- Si así lo quieres, me retiro y me voy a mi casa- Le reprochó Abuelo Matías, quien odiaba ser interrumpido.
- No por favor, prosiga- respondió una muchachita de verdes ojos.
- Hace mucho tiempo, cuando el volcán aún entraba en erupción, la vida en este pueblo era muy mísera. Por culpa de las continuas erupciones del volcán, los habitantes del pueblo no podían cultivar nada, por lo que debían pedir comida a otros pueblos, y era muy difícil que sus vecinos accedieran a llevarles los víveres, ya que temían que de camino les sorprendiera una de las erupciones del volcán. Por si esto no fuera poco, un dragón se instaló en  una cueva cercana, y todos los días acudía arrasando con el ganado y los niños. El rey, desesperado viendo que su pueblo desaparecía, ofreció la mano de su hija, la hermosa princesa Amatista, a aquel que se librara de la bestia. Muchísimos caballeros lo intentaron, llegaron nobles y guerreros y ninguno regresó. Un pastorcillo, llamado Judeo, rondaba todas las noches el balcón de Amatista, esperando a que ella se asomara y le tirara una flor, un beso...
Entonces, desesperado, acudió al rey y le rogó le permitiera enfrentarse al dragón. La corte estalló en carcajadas que se oyeron en el pueblo vecino, pero el rey las detuvo con un gesto de la mano.
- Si vos creéis que podréis lograr lo que mil caballeros no han logrado, adelante.
Judeo dio las gracias al rey y salió de la sala. A la mañana siguiente partió hacia la morada de la bestia, y una vez allí le gritó con gran valor:
-¡tú bestia, he venido a retarte!
El dragón, majestuoso y arrogante, le miró con sus ojos amarillos de reptil. Una voz retumbó en la cabeza de Judeo, sonaba profunda y penetrante. “¿Qué quieres retaco?” Aunque el dragón no moviese la mandíbula, Judeo estaba seguro de que era él quien hablaba. 
- He oído que te gustan los retos. Te propongo uno
“¿Cuál?”
- Se trata de una prueba, si ganas tú, cómeme, si gano yo, lárgate y no vuelvas.
“Debes de ser muy valiente... o muy tonto. Acepto el reto. ¿Cuál es la prueba?”
- Debes enroscarte alrededor de esa montaña.
“¡ja, ja! ¿y te crees que eso es una prueba? Vete sazonándote”
El dragón se enroscó, pero no era una montaña, sino el volcán. Judeo empezó a tirar piedras, lo que provocó que el volcán entrara en erupción. Al dragón no le dio tiempo a moverse y la lava le cubrió por completo, paralizándolo.
Judeo regresó a su pueblo y, en vista de que el dragón no volvía a molestar, se casó con la princesa. Desde entonces el volcán ya no es un problema porque, si entra en erupción, el dragón impide que la lava llegue al pueblo.

Los niños empezaron a aplaudir como locos, y sus madres los llamaron a cenar. Abuelo Matías recogió su sombrero y se dirigió a su hogar. Su mujer Amatista le había preparado un delicioso caldo. Aquella noche Abuelo Matías miró hacia el volcán antes de dormirse y guiñó un ojo a la oscuridad.


Una Paloma Blanca

Cuenta una vieja leyenda que en tiempos pasados sobre el viejo cerro se erguía un imponente palacio blanco. Ordenado construir por el tatarabuelo del rey que por aquellos años gobernaba, acogía entre sus majestuosos muros a todos aquellos fatigados pies peregrinos que venían de tierras lejanas. 
Se hablaba de que las caballerizas de la edificación eran realmente las más lujosas de todo el reino, lo cual también atraía a muchos curiosos que pedían aposento solo para verificar el rumor, hecho que obligaba al rey a contratar numerosos mozos de cuadras. Entre ellos un joven muchacho recién llegado, que no tardó en hacerse con varios amigos, sobre todo el príncipe. Pasaba tardes enteras en las caballerizas hablando con él. Algunas malas lenguas empezaron a hacer circular rumores sobre la extraña relación que tenían. Pero la verdad era que el joven criado había visto mundo mientras que el joven heredero, encerrado en su aburrida vida noble, no había salido más allá de los dominios de su padre. Rara vez había estado en el pueblo, así que el día que conoció al mozo, tan cargado de bellas aventuras, lo atosigó a preguntas. Y allí pasaba las tardes el joven príncipe, embelesado con las historias sobre los países vecinos. Nunca se había visto a dos personas más unidas. Pero no todo era felicidad. Dicen que una mañana la torre amaneció allí, oscura y amenazadora, presagiando muerte. Hablan de su morador, un malvado brujo que todo el día se encerraba a hacer conjuros y pociones en su secreto laboratorio… Sin embargo el misterio pronto quedó resuelto. Un día de los de mercado y alboroto en la plaza, apareció un mago ofreciendo bellos trucos a los caminantes, que curiosos se acercaban a observar. Pasaba allí todas las tardes, encandilando a la gente con sus artes oscuras. Un buen día se alzó en el centro de la plaza y amenazó con apoderarse del reino. No obstante era un brujo torpe y de aspecto ridículo, de manera que nadie lo tomó en serio, lo cual provocó su cólera. 
- ¡Algún día vuestras mercedes lamentarán burlarse de tal manera de mi nombre! ¡Pronto mi fachada, que ahora les parece tan sumamente graciosa, no les infligirá más que terror!- la plaza prorrumpió en sonoras carcajadas.
- ¿Y dices que desde entonces no sale de su torre?- El príncipe miró hacia la negra torre que se erguía frente a su palacio y cuyo pico asomaba sobre la muralla.
- Así es. La gente opina que está loco.
- Obviamente debe estarlo si piensa que unos trucos de brujo ambulante derrotarán un ejército tan fuerte como el de un rey.
- Ssh- El criado hizo un gesto al príncipe- Ya nos está otra vez siguiendo…- Se volvió - ¿Qué quieres ahora?
El criado tenía una hermana menor que había traído consigo de su antiguo hogar. A pesar de llevarse tan solo un año con su hermano, parecía una niña asustada, siempre con aquel descuidado aspecto.
- ¿Qué pasa, qué miras? ¿No tienes trabajo o qué?- El hermano empezaba perder la paciencia.
El príncipe nunca la había oído hablar. Desde que llegara allí con su hermano no había pronunciado palabra alguna, por lo que todo el mundo daba ya por hecho que era muda. Los seguía constantemente, lo que irritaba sobremanera a  su hermano mayor. Al príncipe le daba lástima. Parecía tan asustada, como si no supiera muy bien donde estaba….
- ¡Me saca de quicio!- Protestaba el otro- ¡Algún día conseguirá volverme loco!
- Vamos, no seas duro con ella, solo es una niña…- La defendía el heredero.
- ¡Mucho te engaña a ti!
- Volviendo al tema del brujo… ¿Tú lo crees peligroso?
- En mi opinión es un chalado.
- Ciertamente. ¡Oh, casi lo olvido!- Dijo de pronto el príncipe- La próxima noche mi padre organiza un baile en la plaza del pueblo. Creo que no es más que otra artimaña para conseguir casarme ¿Querrías venir?
- ¡Por supuesto!
- ¡Hasta entonces pues!- y el príncipe corrió hacia sus aposentos.
El día de la fiesta no cabía un alfiler en la plaza. Había lujosos vestidos, caras de importantes nobles y militares, claro está sus hijas y esposas. 
-¿Seguro que su majestad no me descubrirá?- El príncipe había prestado a su amigo algunas de sus ropas, a fin de que pasara inadvertido. El servicio tenía prohibido asistir a las fiestas reales.
- ¡Con este aspecto ni yo te reconozco amigo! Estás muy elegante.
- Gracias, pero me sigue preocupando el tema de ser descubierto…
- ¡Vah! Relájate y disfruta de la fiesta….
Bailaron, bebieron y comieron alegremente y, fue entonces cuando entre la multitud lo vieron. Con una oscura capa negra, escondido entre las sombras nocturnas, el brujo espiaba desde detrás de las mesas con un sigilo que realmente resultaba escalofriante. El príncipe dio un codazo a su amigo, quien abandonó su copa de vino y le indicó que rodeara la mesa. Pero justo cuando iban a prenderle, apareció allí, deslumbrante, con un precioso vestido blanco, unos penetrantes ojos azules y un largo pelo rubio que le caía por la espalda. El príncipe quedó hechizado por el resplandor de la joven. Su amigo también la había visto y ambos se dirigieron hacia ella.
- Perdone bella dama, no he podido evitar percatarme de que está usted sola. ¿Le concedería este baile a un humilde hombre?
- ¡Dios mío! Le juro que jamás contemplé criatura más hermosa como vos, me agradaría tanto que aceptarais un baile…- Los amigos se miraron.
-¡Que! ¿Bailar contigo, ella?
- No veo porque no…
- Vamos, despierta ya, ¿A quién crees que preferirá a un príncipe o a ti?
- Así que se trata de eso. Pues que sepa usted “príncipe” que soy tan humano como vos.
- ¡Como osáis levantarme la voz!
- ¡Os levanto la voz como a cualquier hijo de cristiano, señor!
- ¡Impertinente!
- Disculpen caballeros, pero, debo marcharme- la joven huyó y desapareció en las sombras.
- ¡La has hecho huir!
- ¡Has sido tú!
Discutiendo y malhumorados se fueron a  su casa sin percatarse siquiera de que el brujo seguía espiando entre las sombras.
Varios días habían pasado ya desde la trifulca entre los amigos y todo olvidado había quedado. Daban su habitual paseo a caballo cuando el príncipe pidió a su amigo que le esperara y se desvió hacia el cercano río. Cuando ya se aproximaba a la ribera, escucho un bello canto que hechizó sus oídos y lo impulsó a descabalgar y acercarse escondido tras los arbustos al punto del que procedía tan maravillosa melodía. Cuan grata fue su sorpresa al hallar a la hermana de su amigo lavando la ropa sentada sobre la orilla. El sol acariciaba su pelo y le regalaba unos tonos rojizos que redondeaban la dulzura de su cara. 
Estaba a punto de acercarse y saludarla cuando la vio. Desmontando de un caballo blanco, la bella dama que noches atrás le diera calabazas recogía con sus blancas manos la cristalina agua del río. El príncipe, cegado por la belleza de la joven se encaminó sin miedo hacia ella. 
- Disculpad, pero no hubiera confundido vuestro rostro ni a mil leguas de distancia. ¿No sois vos la bella dama de la anterior fiesta?
- Buena memoria tiene usted. Yo también le reconozco… Pero lamento no haberme quedado con su identidad.
- Soy el hijo del rey- dijo el príncipe con la intención de hacerse notar.
- ¡Vaya! El heredero de tan bello paraje, me arrodillo ante vos.
- Soy yo quien debería inclinarme ante tan deslumbrante hermosura como la vuestra.- LA muchacha le sonrió.
- ¡Majestad, debemos apresurarnos!- El sirviente apareció de entre los arbustos y observó a los dos personajes que frente a él se hallaban.
- Buenos días mi señora.- dijo al tiempo que lanzaba una mirada de reproche al príncipe. Se marcharon, pero nadie se dio cuenta de que la criada había dejado de cantar, había recogido sus cosas y había desaparecido, muerta de la vergüenza.
No dijo nada sobre el tema, pero la situación estaba sostenida en un fino hilo que pronto se rompería. La tensión entre ambos amigos aumentó hasta que sus disputas pasaron de boca en boca. Y llegó el día en el que el hilo por fin se rompió y toda la tensión acumulada se volcó en un encuentro por sorpresa a muerte. 
- Quien gane se llevará el favor de esta hermosa dama- dictaminó el príncipe- ¿Preparado?
Todo sucedió muy rápido. Desenfundaron con tal majestuosa rapidez que nadie nunca ha verificado quien fue el primero. Sí se sabe que ambos disparos sonaron como uno solo y que a ambos alcanzó en el corazón. Malheridos y derrotados, los jóvenes cayeron al suelo. 
- Ahora que se aproxima el momento de nuestra muerte, decidnos pues quien de los dos recibirá un último beso- dijo el príncipe mirando hacia el lugar en el que, instantes antes, la dama había estado.
Contemplaron atónitos que se había convertido en una paloma blanca que volaba hasta el hombro del malvado brujo, quien reía enérgicamente. Al fondo vieron la silueta de la criada, que con sus asustados ojos plagados de lágrimas despedía a su única familia y a su único amor quienes, cegados por los celos, se habían destruido mutuamente.





La Dama y el Lobo



Llevaban varias horas marchando y los rayos del sol ya se acostaban tras las suaves ondulaciones del terreno. Los Thimory eran conocidos por su gran sabiduría en cuanto a los caminos se refería. Pasaban toda su vida recorriéndolos, viajando de un pueblo a otro, deleitando a sus habitantes con historias y canciones de tiempos ya olvidados. Pero incluso ellos sabían que, por muy irracional que fuera, no convenía ocupar los caminos durante la noche pues, según la creencia popular, durante ese tiempo los fantasmas de los bandidos regresaban de entre los muertos para continuar sus fechorías. De haber preguntado a un Thimory, probablemente éste te hubiera respondido que, fantasmas o no, estaba claro que la oscuridad nocturna era una cómplice para los actos de moral cuestionable, y lo más sensato era no correr el riesgo.

Era precisamente en esos descansos cuando se producían los mejores momentos en la vida de un Thimory, y en la de cualquier viajero afortunado que se topara con ellos poco antes de que hubieran montado el campamento, pues su hospitalidad era casi tan conocida como su sabiduría. Tras la cena, los Thimory solían sentarse en torno a una hoguera y contar historias entre ellos. A veces eran historias de nueva creación que sometían a la crítica de sus compañeros, otras, viejas leyendas que, por alguna razón que nunca explicaban, consideraban demasiado especiales para ser contadas ante un público cualquiera.

Aquella noche no había ningún huésped con ellos. El camino a la ciudad de Corboy solía ser tranquilo, de manera que no les extrañó no haberse encontrado con ningún otro viajero. Esa circunstancia propició que el Maese Thomas se decidiera por fin a contarles la historia más antigua y secreta que albergaba su memoria. La emoción palpitaba en el ambiente, pero nadie se atrevió a demostrarla abiertamente por miedo a molestar al anciano. Tras haber apurado su té, observó a todos con ojos cansados y comenzó.

- La historia que hoy voy a contaros no se encuentra en ningún libro, al menos, no en uno conocido por el hombre. Sucedió en el tiempo en el que los dioses aún escuchaban a los humanos. Gira en torno al rey Ráphale, pero más aún en torno a su hija Delaya. Durante años, el rey rezó a los dioses pidiendo que le concedieran a su mujer la capacidad de concebir un heredero. Atendieron éstos a sus súplicas y, con la primavera siguiente, llegó la dicha a los reyes en forma de una preciosa niña. Sin embargo, era una niña inquieta y curiosa, y les resultaba muy difícil mantenerla dentro de los muros del castillo. Conforme su edad fue avanzando, se alejó más de éstos y así todo aquél que la conociera sabía que si quería encontrar a la princesa debía buscarla en el bosque. Al rey no le gustaban nada estas excursiones, y por eso mandaba que la trajeran antes de que el sol cayera, temeroso de lo que los caminos nocturnos pudieran albergar. Sin embargo, los reyes no agradecieron a los dioses su regalo y, en castigo, hicieron que la muchacha escapara bien entrada la noche de sus aposentos y huyera a la zona más escarpada del camino que conducía al bosque, con la intención de que los lobos la devorasen. Sin embargo, el dios del destino no se mostró conforme, ya que la consideraba inocente y, cuando la joven ya se hallaba frente a un lobo inmenso y negro como el rostro de la muerte, escribió en su historia que un leñador, que se había retrasado con su trabajo, pasara por allí y con un certero golpe de hacha abatiera al animal, salvando así su vida. A partir de ese momento, los unió un vínculo de amistad que con el tiempo tornó en amor. Su padre, que nada sabía de las escapadas de su hija, ni del designio de los dioses, la prometió con el heredero de un país vecino. Cuando Delaya se negó, ambos reyes se enzarzaron en una guerra por orgullo. El horror que acarreó la furia de los dioses ante su comportamiento debió de ser de tal magnitud que el reinado de Ráphale fue condenado al olvido. Viendo al pueblo sumido en la desdicha, la princesa se ofreció como sacrificio a los dioses, y éstos se mostraron conformes. Cuando el leñador supo de las intenciones de su amada, acudió antes que Delaya al lugar donde ésta debía reunirse con su destino y rogó a los dioses que tomaran su vida en lugar de la de ella. Su sacrificio los conmovió y, en reconocimiento a su buena fe, no tomaron su vida, sino que la cambiaron. Cuando Delaya vio lo que su salvador había hecho por ella, se sintió terriblemente desdichada, pero los dioses ya no atendían a plegaria alguna. A partir de ese día, allí donde iba la seguía un precioso lobo blanco. Lloraba a los dioses todas las noches hasta que la pena la consumió.

El Maese Thomas dio un trago a su cantimplora. El resto de los Thimory lo observaban, esperando que añadiera algo más, pero el anciano permaneció en silencio. Finalmente, uno de los más jóvenes se atrevió a preguntar:

- ¿Qué pasó con Delaya?

-¿Y con el leñador? Era el lobo, ¿no es así?- añadió una niña pequeña. Thomas sonrió.

- Depende de a quién preguntes. Unos dicen que murieron de pena. Otros, que Delaya se suicidó y tras eso, el lobo sencillamente desapareció. Y hay unos pocos que aseguran que los dioses por fin respondieron.

- ¿Cuál es la versión real?

- Supongo que, como en toda historia que nunca ha sido escrita, puedes elegir la que más te plazca.



El silencio se apoderó una vez más del campamento de los Thimory el tiempo suficiente como para que todos pudieran escuchar con claridad cómo los aullidos de dos lobos sonaban en perfecta sincronía, como si se tratara de una canción.
Transparent Teal Star