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La vida es una competición

No soy una persona que se crea mejor que los demás, no es mi estilo y es algo que me incomoda enormemente. Quizá por eso me chirría tanto el aire de superioridad de otros. La cosa es que no es la primera vez que alguien me dice: «Tienes que ser más segura», y eso me ha hecho pensar en qué cree la mayoría que es mostrar seguridad. Hay una línea muy fina entre estar seguro de uno mismo y ser insoportablemente soberbio. De ahí me surgió otra idea: la competividad.
Vivimos en un mundo muy competitivo, tanto que llega a unos límites tóxicos. Nos han metido tanto en vena que tenemos que ser los mejores que no nos paramos a pensar: «¿Mejores que qué?».
La teoría nos dice que tenemos que educarnos en cooperatividad, y todos hemos vivido los trabajos en grupo. ¿Por qué no funcionan los trabajos en grupo? Porque, en la práctica, de cooperativo no tienen nada. Porque la realidad es que en el fondo siempre estamos compitiendo por algo: Las mejores notas, el mejor trabajo, el mejor cuerpo, la mej…
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Caminos

Es increíble cómo un simple instante puede desbaratar tantas cosas, y de repente te encuentras recogiendo fragmentos de partes de ti que ni sabías que se habían roto.
La vida es una constante de caminos oscuros, palpitaciones de gritos que no alcanzan el silencio de los vacíos. La vida se compone de palabras, de las que han sido dichas y de las que no. De las que tal vez algún día lleguen a pronunciarse.
Y de muchos "tal vez", esos cochinos quizás de la vida. ¿Cuántas almas han desgarrado? ¿Cuántos imperceptibles vacíos ha dejado la duda carcomedora?
Resulta increíble como una decisión que puede parecer tan pequeña, tan insignificante, puede arrojar luz o hundirte en la oscuridad. Una cómoda oscuridad, en la que nadie te ve y crees que nada te daña, y de la que no obstante sabes que debes salir, pero no puedes.

Los caminos hay que andarlos paso a paso, para que la luz de nuestros quizás no nos ciegue, para que alcance a mostrarnos la senda hacia nuestros destinos elegidos. Y s…

Grietas

Grietas. El mundo estaba lleno de grietas.
Las encontraba por todas partes, cada vez más numerosas, cada vez más profundas. Muchas veces no podía evitar hurgar en ellas, y en la mayoría de ocasiones se arrepentía de haberlo hecho.
Había recorrido aquel mundo de parte a parte, asegurándose de que verdaderamente estaba sola. Lo prefería así. Cuando encontraba a alguien surgían más grietas, y entonces debía volver a empezar.
Cada mañana llenaba su cubo de estrellas y trataba de rellenar las grietas con ellas. Pero a veces eran demasiado grandes, demasiado pesadas para contener un universo. Algunas veces trabajaba hasta la noche. De pura frustración, muchas veces había desahogado su rabia golpeando aquellas grietas, aunque ello implicara que se abrieran más.
A veces se dejaba caer, agotada, y deseaba que hubiera alguien allí con quien poder hablar, pese al riesgo de crear nuevas grietas. Pero enseguida se hacía entrar en razón y se repetía a sí misma que nadie querría ir a un mundo lleno …

La torre del dragón

El corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, casi al mismo ritmo al que los cascos de su caballo levantaban la polvareda del camino. A lo lejos podía ver su destino: Una antiquísima torre, construida con grotescos sillares de piedra que con el tiempo se habían convertido en el asidero de toda clase de plantas trepadoras. Llevaba toda su vida preparándose para aquel momento. Había entrenado hasta sangrar, había estudiado hasta caer rendido sobre las pilas de libros. Estaba convencido de que, al fin, sus esfuerzos se verían recompensados: Él era el elegido. Mientras la torre se agrandaba frente a él, podía oír en su cabeza los vítores que le dedicaría la gente del pueblo cuando regresara victorioso. Porque iba a regresar, de eso no le cabía duda alguna. Allí donde tantos otros habían fracasado, él hallaría la gloria. Al fin, llegó al pie de la fortaleza. Por su tamaño bien podría albergar un castillo entero en el interior de aquella única torre. Repasó mentalmente todo cuanto sabía, si…

Engranajes (Microcuento)

Era una chica peculiar, como cualquier persona. Sonreía cuando se cruzaba con un gato negro, pasaba siempre por debajo de las escaleras y se aseguraba de romper un espejo al menos una vez cada siete años. Nunca jugaba ni apostaba en nada que dependiera del más puro azar. Aquella chica no creía en una suerte o en un destino determinados. A fin de cuentas, ¿quién era nadie para dirigir el rumbo de su vida? Ella hacía su propio camino, piedra a piedra, y construía su propio destino, letra a letra. Y todo comenzó como comienzan las grandes historias, con una simple frase en un libro: “solo podemos elegir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado.” Esas palabras se acomodaron en lo más profundo de su ser y la acompañaron toda la vida, recordándole que no podía ser el motor que moviera todo el mundo, pero sí podía ser el que moviera el suyo propio, que era uno de sus engranajes. Tenía la capacidad de lograr todo aquello que se propusiera, porque tenía una inquebrantable fe en sí misma. Quizá…

Terapia (microcuento)

Todas aquellas emociones la estaban ahogando. Construyó un cuaderno y escribió en él todas aquellas sensaciones, día tras día, incansablemente, y estas fluían a través de su pluma hasta quedar encarceladas en el papel. Cada vez que se sentía insuficiente, cada vez que creía notar cómo una mano invisible le oprimía el corazón. Cada duda, cada miedo. Lo dejaba salir todo, completamente desnuda ante la hoja en blanco.  Conforme escribía, sentía que se liberaba, que el peso del mundo liberaba sus hombros, sus pulmones se henchían y que,e n algún lejano, una estrella volvía a sonreírle. 
Irene, 2018.

Las entrañas de la tierra

El hombre se detuvo al pie de la carretera, con la maleta en una mano y la mirada perdida en sus recuerdos. Sus ojos estaban enmarcados por unas profundas ojeras. Había sido un viaje precipitado y apenas había podido dormir en el autobús. En realidad, hacía mucho tiempo que no descansaba bien. Despertaba en mitad de la noche, presa de una furia desconocida, que lo empujaba a abandonar la calidez de su cama porque incluso eso le resultaba insoportable. Se paseaba de un lado a otro de la habitación, tratando en vano de sosegarse. Sin embargo, sabía muy bien que no podría conseguirlo a menos que volviera allí, aunque nunca llegaba a decidirse. De hecho, los numerosos psicólogos que había consultado habían tratado de disuadirlo de realizar aquel viaje. Había sido en uno de aquellos arrebatos nocturnos cuando ya no había podido soportarlo más, había lanzado una muda a la maleta y había tomado el primer autobús que había salido hacia el pueblo de sus abuelos. Pese al paso de los años no par…