viernes, 27 de enero de 2017

Un tesoro de cristal

Lo voy a confesar, yo soy una de esas personas que llora y ríe con los libros, soy una persona que vive con los libros. Y no podría sentirme más orgullosa de esa parte de mí, por ridícula que pueda parecer a otras personas. Esa parte de mí es un tesoro de cristal en mi interior, frágil y bello.

Adoro sumergirme en los libros, amo el tacto de sus páginas bajo mis dedos, el cómo a veces pueden apreciarse las débiles hendiduras de la tinta. Su olor, el olor de los libros nuevos, que es una promesa, y el de los libros viejos, que cuenta una historia por sí solo.

Y, aunque quienes aparezcan en esas páginas no sean reales, para mí viven y respiran en ellas. Adoro la ficción porque en ella encuentro mucha más realidad que en cualquier otra parte. En los libros la naturaleza humana, las emociones y los sentimientos se hallan al descubierto, esperando que algún lector piadoso las examine y se maraville con todo lo que pueden llegar a contener, y a cambio ellos le entregan otros muchos nuevos sentimientos. Tengo una forma de ver la vida que me han dado los libros que he leído, y no me arrepiento ni me avergüenzo de ello.

Y lo confieso, soy una persona que llora y ríe con los libros, que vive con ellos. Porque cuando no sé lo que hacer, imagino que soy el personaje de un libro, y trato de discernir cómo actuaría. Algo que, aún pareciendo increíble, puede resultar un auténtico faro en la tormenta. 
Y por eso y mucho más, lo confieso; soy una persona que adora su pequeño tesoro de cristal. 

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