viernes, 16 de enero de 2015

Los Rayos Opuestos

Había una vez un rayo de luna. Su plateada forma revelaba que había brillado tantas noches como le correspondía y, aunque su intensidad variara, nunca se había rendido ante la oscuridad. Tocaba ya a su fin su última noche y era ésta en verdad hermosa. El cielo despejado estaba cuajado de estrellas que impacientes esperaban la llegada de su hermano estelar, mientras éste pacientemente observaba con nostalgia y cariño el lugar que había ocupado durante su vida y  repasaba con cautela el mundo que dejaba atrás. La hora de partir se aproximaba, y ello se reflejaba en el horizonte, que tímidamente comenzaba a clarear.
Pensaba que, pese a todo lo que había observado a lo largo de su vida, verdaderamente se trataba de un mundo hermoso. Había contemplado en él seres de toda clase y condición, existencias que aunque presentaran diversas formas no recorrían un camino distinto del suyo, y de esta forma siempre había visto a aquellos seres como compañeros de viaje, con los que a veces conversaba. Eran otros rayos de luna, unos fugaces, otros radiantes, casi cegadores. Algunos habían reparado en su presencia e incluso habían llegado a forjar lazos entre ellos, otros, simplemente pasaban de largo sin detenerse más que la milésima parte de un instante.

El sol asomaba ya la cabeza por entre las montañas, y su resplandor parecía impaciente por sustituir la última noche de nuestro rayo. El pedazo de luna sonrió ante la presencia de su sustituto y se permitió disolverse entre su fulgor, que transformaba el añil de su pasado en una amplia gama de rojizos tonos. Los colores también despertaban y el mundo comenzaba a entreabrir el fluir de sus habitantes. El rayo de luna volvió le dirigió una última mirada de cariño y concluyó que, pese a todo, se sentía feliz de haber podido iluminar, aunque hubiera sido un poco, aquel lugar. Y terminada su breve despedida, se confundió con el primer rayo de sol, el cual estalló en el mundo como el llanto de un recién nacido, trayendo consigo un nuevo día y enviando lo que quedaba del rayo de luna al lugar que le correspondía entre sus hermanas las estrellas. 

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