jueves, 30 de junio de 2011

Hermanas



Hola! Aquí vuelvo de nuevo tras un largo tiempo sin pasar por aquí. Para no variar, he estado revisando el baúl de los recuerdos y he encontrado una pequeña historia que escribí hace tiempo. No es una genialidad, sino más bien un intento de distraerme alguna tarde en la que estaba aburrida, una historia "light". 

Aunque no es una de las mejores cosas que he escrito, espero que os guste!

un saludo,

Irene



La profesora recorrió con la mirada toda la clase y sonrió.

- Bueno, supongo que recordaréis que hoy es el día en el que debéis presentar vuestras redacciones. Para aquel despistado que lo haya olvidado, ha de saber que tiene toda la semana para entregarlo. Bien empezaremos por…- Alzó el dedo y  señaló a los alumnos. Lo movió con rapidez de izquierda a derecha, las miradas de los expectantes alumnos lo seguían, y se detuvo en un pupitre- Eveling Fechossa.

Una chica con el pelo rojo y corto, gafas de pasta negras, pequeñita, vestida con un jersey holgado, una falda por las rodillas y unas botas que le venían grandes, alzó la cabeza.
- No señorita… yo no…- Se oyeron unas risas burlonas.
- ¡Silencio! No tolero que nadie se burle de una compañera, ¡y menos en mi aula! Eveling, te toca leer.
- Pero es que yo…- La chica se puso roja como un tomate.
- ¡Vamos, sal!
Eveling cogió su redacción y se levantó. Al pasar frente a Lizza Rustin, ésta le puso la zancadilla y la pobre muchacha cayó al suelo. La clase estalló en carcajadas.
- ¡Señorita Rustin! Acaba de ganarse un viaje al despacho del director.- Lizza se marchó entre aplausos mientras Eveling, más roja aún, recogía su redacción y se subía a la tarima.
Una vez la profesora reestableció el orden, respiró hondo y comenzó a leer.


Me llamo Eveling Fechossa y, para contar mi historia, primero tenéis que conocer a mi familia. Empezaré por mi padre, George Fechossa. Amante de la buena cocina y el béisbol, se siente muy orgulloso de su barriga y su calvicie. Siempre dice que son signos de una vida feliz y tranquila. Mi madre, Helen Fechossa, le encanta la pintura. Dice que es un portal hacia los sentimientos de las personas, los ojos del alma. Su gusto común es la música clásica. Recuerdo una noche de navidad, cuando nos mandaron a mis hermanas y a mí a la cama, nosotras nos levantamos para ver que regalos nos dejaban. Les encontramos bailando a la luz de la chimenea y al compás de “para Elisa” de Beethoven.  En cuanto a mis hermanas, creo que todos las conocéis. La más mayor es Angelina, está en tercero en este instituto. ¿Sus gustos? El Heavy Metal y el Rock. Adora el color negro y el rollo Punk.
La siguiente es Ivone, está en segundo, y  (alguien soltó un silbido) es muy guapa. Muy distinta a mi hermana. Le gusta el color rosa y la moda. También está mi perro “Ratón”.
Sé que es cierto que tiene una cabeza enorme desproporcionada con su raquítico cuerpo, una cola tan fina que parece la de un ratón y un extraño color gris azulón. Pero es el mejor amigo que se pueda tener. Fiel ante cualquier circunstancia. ¿Y yo? Bueno, creo que ya me conocéis todos. Adoro la literatura y la naturaleza. Estudio en el primer curso de este instituto. ¿Recordáis esa noche de la que os hablé, cuando encontramos a mis padres bailando en el salón? Fue la última navidad que pasamos juntos. Después de aquello mi padre ya casi no pasaba por casa. Le cambiaron el horario y trabajaba casi todo el día, solo le veíamos a la hora de la cena y tras eso se iba a dormir, de manera que apenas sí hablábamos. A causa de eso, mi madre empezó a volverse más arisca. Ella siempre ha sido muy dulce y muy tierna, pero la tensión que ahora había entre ellos hacía que estallaran por cualquier cosa y empezaran a chillarse. Entonces era cuando yo desaparecía y me metía dentro de mi árbol hueco. Antes era nuestro árbol hueco. Mis hermanas y yo jugábamos allí durante horas. Era nuestro lugar. A veces incluso nos quedábamos dormidas dentro de él. Pero ahora habíamos crecido y ya no jugábamos juntas. Entre semana solían estar muy liadas estudiando, en casa o en casa de una amiga. Los fines de semana se iban de fiesta. Pero nunca a la misma. Era como si lleváramos vidas distintas. En esos momentos Ratón era mi único amigo. Nunca me dejaba sola. Fue un día de lluvia cuando tuvieron la bronca gorda. Mis hermanas y yo estábamos discutiendo, creo que porque a Ivone le había desaparecido el cargador del móvil, cuando oímos romperse un cristal. Nos quedamos calladas y, sigilosamente, nos acercamos a la escalera. Asomadas por la barandilla para que no nos vieran, vimos que el cristal de la mesa se había roto. Al parecer mi padre le había dado un puñetazo en un ataque de rabia. Mi madre estaba curándole la herida. Fue entonces cuando dijeron la frase. “No podemos seguir así… Hay que acabar con esto” Esa temida frase que no deseo que ningún niño escuche jamás. ¿Hablaban de divorciarse? No quisimos oír más. Nos fuimos cada una a nuestra habitación, sin mirarnos siquiera. Ratón estaba sobre mi cama, como siempre. No sé en qué pensaba mientras hacía la maleta. Solo sé que quise irme lo más lejos posible. Abrí la puerta y salí de casa. Mis padres estaban susurrando, de espaldas a mí. Recuerdo que Ratón me seguía. La lluvia fría me escurría por el pelo. Corrí hasta la estación de trenes y compré un billete. No sé como no vieron a Ratón. Supongo que entre toda la gente que había ni se dieron cuenta. Por si acaso lo tapé con mi chaqueta y le dije que se estuviera quieto. Me senté en un asiento y rodeé a Ratón con la maleta. Así no se le veía. Fue entonces cuando vi a mis hermanas. Se metieron en el vagón y vinieron hasta mí.
- ¿Estás loca?- preguntó Ivone
- ¿Sabes que susto nos has dado?- Angelina miró la maleta- ¿Qué tramas?
- Me marcho
- ¡Ha! No me hagas reír. ¿Piensas vivir por ahí tu sola?
- ¡Marchaos!
- ¡No sin ti!
- ¡Callaos! Estáis montando un número- Angelina se puso en medio.
Entonces nos quedamos pálidas. Las puertas se habían cerrado y el tren estaba en marcha.
- ¡Genial, te has lucido Eveling, bravo!- Ivone me lanzó una mirada de odio
- ¡No lo pagues con ella!
- ¡Lo pago con quien me da la gana!- Ivone se sentó a mi lado, enfadada.
- No te hagas la víctima- la recriminó Angelina
- ¡Pero es que soy una víctima! Por fin había conseguido una cita con Kevin ¿Te das cuenta de lo que acabo de perder?
- Ese tío es un cretino descerebrado
- Pero es tan guapo…- Ivone suspiró y Angelina fingió tener una arcada.
Se sentó a mi otro lado.
Pasamos un buen rato calladas, sin decirnos nada, ni mirarnos. Ivone se quedó dormida y entonces noté que un brazo me rodeaba. Angelina me apretujó contra ella.
- ¿En qué pensabas?
- No lo sé.
- A mí también me da miedo que se separen.
- ¿de verdad?
- ¡Pues claro! ¿Qué haría yo sin mi insoportable hermanita pequeña?
Nos sonreímos. Pero la sonrisa nos duró poco. El guardia estaba pidiendo los billetes. Vaya suerte, acabábamos de coger uno de los pocos trenes en los que aún picaban los billetes.
- Billete por favor
- Ivone, Ivone, ¡despierta!- Angelina zarandeó a la dormida Ivone, que abrió los ojos con pereza.
- ¿que pasa, ha descarrilado el tren?
- no- respondí yo
- Entonces dejadme dormir un poco más…
- No Ivone…¡Ivone!
- ¡Qué!
Entonces sucedieron dos cosas. Una fue que el guardia nos pilló por no llevar billete, y la otra fue que Ratón levantó la cabeza y nos dejaron en la siguiente estación. Una caseta en mitad de la nada.
- ¡Estupendo!- Ivone dio una patada al suelo, y luego miró su tacón preocupada.
Angelina se acercó al tablón donde anunciaban los trenes que iban a pasar. Yo traté de tranquilizar a Ratón, que, nervioso, se había puesto a perseguir su cola.
- El próximo tren no pasará hasta mañana…
- ¿Y qué haremos hasta entonces?
- Tendremos que dormir aquí.
Un trueno rugió en el cielo, supongo que recordaréis que estaba lloviendo, e Ivone y yo soltamos un grito. A mi me da miedo todo, hasta las cosas más absurdas.
- ¿Aquí? ¡Ni loca!- un rayo cayó justo a nuestro lado, dejando una mancha negra en el suelo. Ivone y yo volvimos a gritar y Ratón se puso a ladrar.
- ¿Queréis callaros? Dejadme pensar.- Angelina observó el paraje. A lo lejos había un granero. Agarramos mi maleta y nos empujó hacia allí. Los truenos nos iban persiguiendo. Ivone y yo seguíamos gritando. La puerta del granero estaba, evidentemente, cerrada. Pero Angelina la abrió de una patada, estaba algo podrida (la puerta), y nos empujó adentro.
Olía a paja húmeda, pero al menos hacía calor.
- ¿Estáis bien?- Preguntó Angelina cuando cerró la puerta. Asentí con la cabeza.
Ivone lloriqueaba en una esquina.
- No es justo…soy guapa…y popular…todo el mundo me adora…bueno, menos Ruth, que me tiene envidia… pero estas cosas no me pasan a mi… a Eveling sí, porque es un bicho raro… pero a mí no…
- Vamos Iv, tranquila. Ya pasó todo ¿de acuerdo?- Angelina la abrazó.
Ivone se quitó los tacones y continuó hipando unos minutos. Me acerqué a ella mientras Angelina buscaba unas mantas en mi maleta.
- Siento lo de tu cita… ¿estás mejor?
- Sí, tranquila. Además, Kevin es un cretino. Solo iba a salir con él porque es el exnovio de Ruth.- Me guiñó un ojo- Pero a An no le digas ni mu ¿OK?
- OK- Nos reímos.
- ¿de qué os reís?- Angelina nos tiró unas mantas.
Nos pasamos la noche recordando tiempos pasados, cuando jugábamos juntas, hasta quedarnos dormidas.
- ¿Qué demonios tenemos aquí?- Alguien me pinchó con una especie de palo.- ¡Tres polizones! ¡Arriba holgazanas!
Cuando abrí los ojos encontré a mis hermanas incorporadas. Angelina le estaba contando nuestra historia a una anciana mujer que vestía una camisa de cuadros bajo un peto vaquero y unas botas de agua.
- En ese caso me parece que tenéis un problema, porque el tren que esperabais salió hace una hora y no pasará otro hasta dentro de dos semanas.
- ¡Dos semanas!- Ivone puso los ojos en blanco.
- Pero no tenemos tanto tiempo… ¿Qué haremos hasta entonces?- La mujer se encogió de hombros.
- ¿quien me pagará a mi la puerta rota?
- ¿no podría usted dejarme llamar?
- No tengo teléfono. Esos cachivaches los carga el demonio
- ¡Por dios! ¡Cómo puede usted vivir sin teléfono! Es horrible- Ivone la miró con compasión.
- Eso demuestra mi teoría.- La anciana miró de reojo a Ivone. - ¿Quién pagará mi puerta?
- Yo se la arreglaré- respondió Angelina.
- En fin…supongo que tendréis hambre… No podéis vivir dos semanas en un granero. ¡Vamos! Venid conmigo.
Tan deprisa como pudimos recogimos todo y seguimos a aquella señora tan extraña por un caminito oculto entre la hierba. Llegamos a una casita roja con un huerto y un establo. Una vaca nos saludó cuando atravesamos la blanca verja. La mujer nos mostró una pequeña habitación y nos dio unas gachas para comer.
- ¿Qué demonios es esto?- me susurró Ivone al oído
- gachas
- ¡Puaj! ¡Qué asco!
- ¿Te atreves a hacerle ascos a mis gachas mozuela?
- No, no, señora… están muy ricas…
La mujer soltó un gruñido.
Cuando acabamos de desayunar nos lavamos y la anciana nos trajo tres petos, tres camisas y tres pares de botas.
- ¡No pienso ponerme eso!
- Vamos Ivone, no seas infantil.
- Pero es tan hortera… ¡Es un insulto a mi estilo!
- Como gustes, por mí puedes ir en bragas…
- Bueno… supongo que podré hacerle algún apaño…- Ivone contempló el peto pensativa y Angelina me guiñó un ojo.
Al final acabó haciéndole un nudo a la camisa y poniéndose el peto doblado, aunque tuvimos que soportar su cara de disgusto durante todo el día. La mujer que tan amable estaba siendo con nosotras nos tuvo trabajando en el huerto toda la mañana. Nos enseñó como arrancar correctamente una zanahoria, unos tomates… Nos enseñó a diferenciar una frambuesa madura de una que no lo estaba… Fue realmente divertido, hasta Ivone se lo pasó bien, aunque estuvo quejándose del barro que tenía en las botas a cada minuto. Acabamos reventadas. A la mañana siguiente volvimos a tener que trabajar, pero esa vez vino un muchacho a traer la compra encargada. Angelina e Ivone empezaron a pelearse por quien lo había visto primero. Creí que la señora se enfadaría, pero para mi sorpresa, soltó una carcajada.
- Me recordáis a Katie y Susan.
- ¿a quienes?
- Katie y Susan eran dos hermanas que vivían en un pueblecito que hay unos kilómetros hacia el este. Se peleaban por todo.- La mujer miró al cielo, como si recordara.- ¿Pero qué hacemos aquí paradas? ¡Georgette no se ordeña sola!
Nos llevó al establo donde la vaca dormitaba. Levantó la cabeza y nos miró, sin prestarnos mayor atención. Ivone contempló asqueada las ubres de la bestia.
- Vamos cielo, vas a aprender a ordeñar una vaca.
- ¿Quién, yo?
- No, se lo digo al perro ¡pues claro que a ti!
- ¡No! Osea… no me malinterprete… su vaca es muy bonita pero conseguir esta manicura cuesta mucho esfuerzo y…- mientras hablaba la mujer ya la había sentado en un taburete y la estaba forzando a ordeñar a la vaca.
Nunca olvidaré la cara de asco que puso Ivone, ¡Fue todo un poema! Nos reímos mucho, incluso la anciana.
- Me recuerdas mucho a Susan, ella también era toda una supermodelo.
- ¿Susan, la hermana de Katie?
- Sí, puso la misma cara la primera vez que la tocó ordeñar una vaca.
Angelina sonrió. Yo quería saber más acerca de las hermanas. Tenía pinta de ser una historia muy emocionante. Así que me atreví a preguntarle a la señora.
- Eran hijas de un buen hombre, muy querido en todo el pueblo, pero de su madre no se sabía nada. Realmente encantadoras, siempre dispuestas a ayudar. Sin embargo también tenían sus cosas malas. Susan era muy refinada, demasiado. Se preocupaba mucho por su aspecto exterior. Katie era muy insegura, no confiaba en sí misma y eso hacía que necesitara confiar en los demás, lo cual a veces era un problema… Sobre todo aquel día…
- ¿qué día?- preguntamos las tres a coro.
- El día que conocieron a Izan. Un hombre de dinero decidió mudarse a nuestro pueblo para retirarse del bullicio de la ciudad. Ese día Susan y Katie estaban en el mercado vendiendo manzanas. Izan se acercó a su puesto. Era un muchacho muy apuesto y Susan hizo uso de sus encantos, era muy presumida la pobre. Pero el caballerito había posado sus ojos en Katie. Pidió expresamente que fuera ella quien le atendiera y, aunque a Susan le fastidió bastante, cuando vio la mirada que se lanzaron Izan y Katie, sonrió. Esa misma noche Izan fue a buscar a Katie. Tiró piedras a su ventana para que ella abriera y se escaparon juntos. Cuando su hermana Susan le preguntó a la mañana siguiente, Katie se mostró reacia a hablar, pero era obvio que estaba enamorada. Cantaba a todas horas, sonreía a todo el mundo y, por primera vez, caminaba con la cabeza erguida. Todas las noches se escapaba para reunirse con Izan, Susan la encubría hasta que volvía y entonces la acosaba a preguntas. Pero una noche Katie no regresó. Salieron a buscarla y solo encontraron su zapato en mitad del bosque. Susan fue a casa de Izan y le empotró contra la pared. Solo consiguió averiguar que Izan y Katie se habían peleado y que él la dejó allí en el bosque y se fue a su casa. Susan le dio una buena paliza, pero el muchacho no delató a su agresora. Su padre, enfurecido, se marchó del pueblo. Pero de Katie no se volvió a saber.
- ¡Qué historia tan triste!
- Todos lamentamos la pérdida de Katie… Era tan dulce… tan pura…
A la mañana siguiente la anciana mujer nos mandó al bosque a por leña. Fue allí donde lo vimos. Era una chaqueta, colgada de un árbol. Parecía llevar allí mucho tiempo.
- ¿no creeréis que…?- miré a mis hermanas.
- No lo creo… es imposible- dijo Angelina
- Además, seguramente la mataría algún animal, por eso no la encontrarían.
- ¡Ivone!- me tapé los oídos con las manos- ¡Eso es horrible!
- Vamos, volvamos antes de que se nos haga más tarde.
No volvimos a hablar del tema. Pasaron las dos semanas volando y cada vez nos sentíamos más unidas. La historia de la anciana nos hizo pensar que pasaría si nos perdiéramos las unas a las otras. El último día nos levantamos temprano. Solo yo pasé por la habitación de la señora. Estaba dormida. De lo contrario no me habría podido meter dentro y no hubiera visto una foto de dos chicas, una de ellas se parecía mucho a la mujer.
No se lo había contado a nadie hasta ahora, ni a mis hermanas. Dejamos una nota de agradecimiento y nos marchamos. Mi padre dejó el trabajo y consiguió otro mejor, y ni por asomo pensaban divorciarse. Puede decirse que todo fue una pequeña confusión. 


Los alumnos aplaudieron con fuerza. Fue a la salida de clase cuando la profesora, que se había quedado algo pensativa tras la redacción de Eveling, la cogió del brazo.
-Tenemos que hablar Eveling.
- Si señora. ¿He hecho algo malo?
- No, tranquila, es solo que… ¿Averiguasteis dónde vivía aquella anciana?
- Sí, más o menos. Es la segunda parada que hace el tren de las once. ¿Por qué?
- Me preguntaba si podríais pedir permiso a tus padres para acompañarme hasta allí.
- Sí... claro…
Naturalmente aquella reacción sorprendió a Eveling. También a sus padres, aunque permitieron que fueran.  Cuando el tren paró las tres hermanas llevaron a la profesora hasta la casa de la anciana, que las recibió con los brazos abiertos, contenta de verlas.
Para su sorpresa, cuando la profesora vio a la anciana se echó a llorar.
- Ahora lo recuerdo… Me golpeé la cabeza… caminaba a tientas y resbalé… cuando desperté estaba en un hospital… no recordaba nada… me dieron en adopción…
- Dios mío… - la anciana se llevó una mano a la boca. También empezó a llorar.- Katie… ¿eres tú?
- ¡Susan!
Las hermanas se abrazaron. Angelina, Ivone y Eveling se miraron, impresionadas.
- Muchas gracias niñas…- dijo la profesora
- Nos alegramos mucho de que se hayan reencontrado, de veras.
Y aquí es donde acaba esta historia. Y como todo buen final feliz que se precie termina con su:
“Y FUERON FELICES Y COMIERON GACHAS”

Irene, 2008.

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