miércoles, 19 de marzo de 2014

La niña sin rostro

Érase una niña que vivía en un océano de caras. No estaba muy segura de cómo había nacido, ni siquiera sabía quiénes eran sus padres. Podría decirse que la niña tenía la mente completamente en blanco.
Flotaba entre las caras, que la cuidaban con innegable devoción: Ahora una le contaba historias, ahora otra le mostraba qué alimentos eran los más nutritivos, ahora otra le cantaba una nana mientras dormitaba en la otra…. Sus días pasaban de esta manera, sin que la niña se planteara ni sus orígenes ni hacia dónde la conducían sus pasos. Vivía sumida en la feliz ignorancia de quien nunca ha conocido el mundo.
Hasta que un día, paseando despreocupada por el fondo del océano de caras como acostumbraba a hacer, lo encontró. Era un objeto extraño, uno que la niña jamás había visto, y por ello captó inmediatamente su atención. Lo observó durante un largo rato, temerosa de acercarse a él e intrigada por los impresionantes poderes que parecía poseer. Al principio le pareció una especie de agujero en el suelo a través del cual se observaba otro mundo, pero a medida que su temor fue decreciendo y sus pasos aproximándose, se dio cuenta de que lo que parecía otro mundo era en realidad una imagen duplicada del suyo propio. Finalmente, se atrevió a cogerlo: lo tocó, lo giró, lo olió y lo lamió, pero no parecía tener ninguna característica especial que explicara el extraño fenómeno que estaba presenciando. Estuvo sumida en profundas cavilaciones durante largo rato, hasta que por fin, de un salto, tomó el objeto y lo colocó frente a una de las caras, comprobando satisfecha cómo su imagen se reflejaba en su brillante superficie, tal y como había supuesto que pasaría. La cara quiso saber qué hacía la niña, y cuando ésta se lo contó, rompió a reír y le explicó lo que era un espejo. Maravillada, lo puso frente a su propio rostro, pero en él únicamente se reflejaba todo cuanto se hallaba detrás de ella. Pensó que quizá estuviera estropeado, pero descartó aquella opción cuando comprobó que reflejaba todo lo demás sin error.  Por primera vez, se dio cuenta de que no sabía ni siquiera qué aspecto tenía ella. Aquel pensamiento la llenó de inquietud hasta el punto de que no era capaz de dormir por las noches, y finalmente tomó la decisión que todas las caras del océano temían: salir a la superficie.
Caminó con pasos temblorosos, ganando en seguridad conforme iba avanzando, hasta que su cabeza emergió del océano y la luz del sol la cegó. Admiró su brillo y sintió su calor, extasiándose con todo cuanto la rodeaba. Y entonces los vio. Tenían dos brazos, dos manos, dos piernas… Se observó a sí misma y descubrió que ella también los poseía. Era igual que ellos. Y así fue como la niña pasó de perderse en un océano de caras a hacerlo en uno de personas. Las observaba día y noche, buscando en ellas rasgos con los que se identificara. Pero en nada parecía poder compararse con aquellos seres, capaces de lograr cosas maravillosas utilizando únicamente su mente y sus manos. Así, decidió que si no podía encontrarse a sí misma, sería como alguna de esas personas. Observó sus movimientos meticulosamente hasta que halló a una que produjo en ella una inmensa admiración. A eso quería aspirar, eso quería ser ella. 
A partir de ese momento, se dedicó a seguir a aquella persona allá donde fuera, tratando de fijarse en su ejemplo. Empezó a imitar cada uno de sus movimientos, su forma de andar, de hablar… Hasta tal punto que llegó a convencerse de que eran exactamente iguales. Y como eran iguales, era lógico pensar que les gustaban las mismas cosas y podían hacer las mismas actividades. Al principio le resultaba divertido, pero fue volviéndose algo cada vez más personal, pues fue conformando su propia personalidad de la de aquella persona, terminando por convertirla en la suya propia. Iba donde la otra iba, hacía lo mismo, incluso trataba de expresar los mismos pensamientos que creía que expresaría su modelo. Por fin llegó el día en el que decidió que ya estaba lista para ponerse frente al espejo, y así lo hizo. Esperaba ver a una persona genial, hermosa, triunfante… Todo aquello que ella veía en su modelo, sin embargo, la imagen que la contemplaba desde el espejo era bien diferente; en aspecto era exactamente igual que el modelo a excepción de un pequeño detalle: no tenía rostro.
La niña se volvió loca. Todo cuanto había hecho, el esfuerzo y el sacrificio dedicados a obtener una personalidad no habían servido para nada. Seguía sin saber cómo era ella. Rompió el espejo, enrabietada, grito, blasfemó y, por último, lloró. Estuvo así durante horas, encogida sobre sí misma, con los ojos convertidos en dos abundantes cascadas y sin poder parar de repetir la misma angustiosa frase: “¿quién soy yo?” Por primera vez desde que había abandonado el océano de caras que la vio nacer, se dio cuenta del pánico que le inspiraba la respuesta a aquella pregunta. De repente, sonó una voz, como un eco procedente de ninguna parte. “Eres una sombra” repetía una y otra vez, amenazadora y escalofriante. La niña se levantó y exigió al propietario de esa voz que se mostrara frente a ella. Cuál fue su espanto al comprobar que la voz provenía de uno de los pedazos del espejo roto, pues era la suya propia.
Se miró las manos, los brazos, las piernas… Toda ella era oscuridad, sin importar la luz que hubiera a su alrededor. Efectivamente, se había convertido en la sombra de la persona que hasta el momento había considerado su modelo. No era nada, era etérea, una copia de la realidad. Y entonces, cuando ya era demasiado tarde para rectificar, comprendió su error.

Siempre había sabido quién era, pero el temor a la pregunta le impedía ver la respuesta. Y por culpa de ello, ahora no era nada. Sólo una figura más que se deformaba dependiendo de dónde viniera la luz. Una sombra más del océano. 


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