viernes, 24 de octubre de 2014

Apariencias Engañosas

Jason se removió en la silla, inquieto. El policía charlaba tranquilamente con su compañero, manteniendo la puerta entornada. Trató de rebobinar sus pensamientos hasta el momento en el que se había metido en aquel lío. Sintió un escalofrío al recordar la macabra sonrisa de Steve cuando les retó a robar aquel coche. Nadie más se había movido, pero él quería impresionarlo y, sobre todo, hacerse respetar. Qué estúpido había sido. En cuanto las luces rojas y azules doblaron la esquina acompañadas de la característica sirena, los demás salieron corriendo, dejándole con la palanca entre las manos. Pero no estaba enfadado con ellos, contra quien sentía rabia era el propietario del coche, que pese a que éste no había sufrido el más mínimo rasguño, había puesto la denuncia. Ni siquiera había llegado a desbloquear la puerta, pero el hombre estaba histérico y poco más y reclamaba su cabeza. Le había insultado de todas las formas posibles y no estaba dispuesto a disculparse, aunque eso supusiera su libertad. Lo único que lamentaba era que el policía lo hubiera apartado antes de que pudiera propinarle otro puñetazo. Ahora él era un héroe para sus compañeros y no tenía que justificarse ante nadie.
Sin embargo, todas estas convicciones se esfumaron en el momento en el que vio a su madre entrar en la sala, con los ojos enrojecidos de llorar, ahogando un sollozo mientras su padre la rodeaba con el brazo. Era la primera vez que lo veía tan sobrio desde que lo habían despedido del trabajo. Se sentaron en las sillas que estaban a cada lado de la suya, mirando de reojo las esposas que apretaban las muñecas de su hijo. Normalmente, se las hubieran quitado al dejarlo en la sala de interrogatorio, pero los policías no habían tenido más remedio que dejárselas puestas, pues el muchacho se había revuelto contra ellos al entrar en la comisaría. Ni siquiera había querido aceptar la bebida que le había ofrecido el policía mientras esperaban a sus padres. No quería estar allí y, lo más importante, no quería que les informaran a ellos de lo que había hecho. Una decepción más que añadir a la lista era más de lo que podía soportar.
La voz de su padre preguntando por qué estaba su hijo esposado sonaba como un eco lejano. Él permaneció en silencio, sin apartar la mirada del policía  mientras éste explicaba pausadamente cómo se había revuelto contra los agentes. Jason mantenía una pose desafiante, pues no quería mostrar debilidad ante aquel hombre, pero una extraña sensación empezaba a aflorar en su estómago. Su padre no añadió nada, pero tampoco fue necesario. Con los responsables del muchacho allí, el policía consideró que efectivamente ya no eran necesarias las esposas y se las quitó de mala gana, aunque se mantuvo alerta para intervenir con rapidez si fuera necesario. Éste se frotó las muñecas doloridas y se recostó en la silla con socarronería.
Trataba de mantener un aspecto exterior sereno, como si lo que estaba pasando a su alrededor no fuera con él, pero en su cabeza no paraba de dar vueltas a qué iba a decir cuando el policía comenzara leer el informe cuyas hojas no paraba de sacudir frente a él. Estaba intentando ponerlo nervioso, que se viniera abajo y lo confesara todo, pero no pensaba darle ese gusto. Pensó en sus amigos, reunidos en la vieja caseta de Steve, comentando lo valiente que era por estar allí enfrentándose a la autoridad, admirando su rebeldía. Porque aquello era lo que estaban haciendo, ¿verdad? Tragó saliva. Por algún extraño motivo que no alcanzaba a comprender, en su cabeza la versión de los hechos estaba comenzando a distorsionarse. De pronto ya no se veía como un fiero león ante su presa, sino como un gatito asustado buscando un lugar en la manada desesperadamente. El agente carraspeó e involuntariamente el chico se cuadró en la silla.
Normalmente era su madre la que daba la cara por él cuando se metía en algún lío, pero nunca la había visto tan desconsolada, incapaz de hablar siquiera. En aquella ocasión era su padre quien manejaba la situación, escuchando al policía mientras les explicaba a qué cargos se enfrentaba el muchacho. No le gustaba la versión que de él estaba dando frente a sus padres, la de un delincuente, la de un descarriado irrespetuoso. Él sabía perfectamente que no era el monstruo que estaba descrito en aquel informe, sin embargo, su padre permanecía tranquilo, escuchando atentamente y con el semblante serio todo lo que le iban relatando, asintiendo cuando la situación lo requería. Por primera vez en mucho tiempo, el muchacho vio en aquel hombre a su padre, a su verdadero padre, y no a aquel personaje que llegaba borracho como una cuba a casa después de otro día más habiendo acabado en el bar tras un nuevo intento fallido de buscar empleo. Se sorprendió al descubrir que sentía respeto hacia el hombre que se sentaba a su izquierda. Hacía un año que no recordaba la admiración que le inspiraba su padre. Comprendió de pronto lo perdido que se había sentido sin su guía, sin su experto consejo.
No quería decepcionar a aquel hombre que tanto había sacrificado por su bienestar. Por eso saltó contra aquellas acusaciones que faltaban a la verdad. Lleno de rabia, dijo que el propietario del vehículo había insultado a su madre, que le había arrebatado la palanca y había intentado arrearle con ella, motivo por el cual él le había propinado un puñetazo. La rabia le consumía y se dio cuenta de que estaba gritando y parecía a punto de abalanzarse contra el policía, cuando su padre se levantó de la silla y lo obligó a sentarse de nuevo, pidiéndole que no empeorara las cosas. Recordó la cara enrojecida del hombre mientras le gritaba improperios, haciendo elucubraciones sobre su persona como si lo conociera de toda la vida. Su madre recogió con el pañuelo unas gruesas lagrimas que se habían fugado de sus ojos.
El agente se aclaró la garganta antes de volver a dirigirse a ellos para pedirle su versión de los hechos. El muchacho permaneció en silencio. Ya no estaba seguro de qué había pasado, pero no quería convertirse en un chivato, no estaba dispuesto a vender a sus amigos. Además, Steve tenía antecedentes, y si le pillaban en un lío como aquel volvería al correccional, no podía permitir aquello, aunque empezara a poner en duda su amistad con él. La adrenalina del momento había empezado a desvanecerse, y los recuerdos se volvían borrosos y confusos, pero había una imagen nítida y clara: la de Steve gritándole, haciendo girar su navaja sobre los dedos, retándole a que se acercara y robara aquel coche. En aquel momento había visto en ello una oportunidad para demostrarle a Steve que no era ningún blandengue, que tenía lo que había que tener. Se había sentido muy valiente dirigiéndose hacia el coche con una palanca en la mano, pero ahora se veía ridículo, porque ahora recordaba la risa cruel de Steve, que palmeaba mientras los demás exclamaban “¡Lo va a hacer! Menudo gilipollas.” Apretó los puños, frustrado. Tenían razón, no era ningún héroe, sólo se había asustado cuando Steve había empezado a limarse las uñas con la navaja. Era la primera vez que se veía a sí mismo como un perro faldero, posiblemente por el ambiente reinante en la sala. Hasta aquella noche sus acciones no habían sido más que simples gamberradas en el instituto, pero ahora estaba metido en un lío de verdad, y sus colegas lo habían dejado tirado. Sin embargo, permaneció en silencio, sin comprender muy bien si lo hacía por lealtad o por no saber muy bien qué decir. El policía suspiró, y por un momento al joven le pareció decepcionado. Estaba a punto de decirle algo, cuando otro agente llamó a la puerta, entrando y susurrando acto seguido algo al oído de su compañero. Éste esbozó una disculpa y salió precipitadamente de  la estancia, dejando a la familia a solas.
La voz de su madre los pilló a ambos desprevenidos. El chico se arrebujó en la silla, incómodo. Era la primera vez que la veía dirigirse a su padre con aquella dureza, la primera vez que la veía tan enfadada y que daba muestras del cansancio que llevaba arrastrando desde que había tenido que hacer doble turno para poder pagar las facturas. Siempre se había mostrado comprensiva y paciente, pero nunca había dado muestras de cómo se sentía realmente. Ni siquiera gritaba a Jason cuando volvían en coche del instituto después de haber tenido que abandonar el trabajo para ir al despacho del director. Durante aquel año, se había mostrado tan tierna y dulce como siempre, siendo la sonrisa reconfortante que los aliviaba a ambos al llegar a casa tras un duro día. Nunca había visto discutir a sus padres, ni en las situaciones más crudas en las que cualquier otra pareja lo habría hecho. Su matrimonio se sostenía sobre una comprensión tácita, un lenguaje de gestos, de miradas y de silencios que nadie más entendía. Ver discutir a sus padres tan seriamente por primera vez, ser testigo de cómo su madre les soltaba las verdades que ninguno de los dos había querido admitir, hizo que el corazón se encogiera en su pecho.
Entonces, todo estalló. Su madre pronunció aquella palabra que jamás creyó que escucharía de sus labios: divorcio. Pero ella no quería abandonar a su padre, eso podía verse a la legua en el infinito cariño con el que lo consolaba cada vez que éste se derrumbaba en llanto en el salón. Comprendió que si lo hacía era por él, por su culpa. Quería protegerlo, y se había dado cuenta de lo mismo que se había percatado él al ver a su padre dialogar con el policía: Lo mucho que echaba de menos la referencia que éste solía ser para él. Todos los presentes en la sala sabían que hacía falta un cambio, y sólo su madre se había atrevido a proponer algo para lograrlo. Pero aquella solución no era justa, y el muchacho lo sabía. El cambio era necesario, sí, pero debía salir de él mismo, no estaba bien que dejara que otros hicieran sacrificios por él… ¿o sí?
Se llevó las manos a las sienes, que latían con insistencia, tratando de ordenar los pensamientos que enredaban su mente. Su padre estaba a punto de replicar, pero en aquel momento el policía regresó y la discusión quedó suspendida, aunque la tensión era evidente.  Se sentó con parsimonia frente a ellos y comentó que el propietario del vehículo había decidido retirar la denuncia por agresión, dado que había admitido que fue él quien provocó al joven y que éste sólo había actuado en defensa propia. Pero él no quería escuchar más a aquel policía. Intentaba concentrarse, intentaba pensar qué era lo correcto. Entonces, una palabra rescató su atención: Steve. Alzó la vista y contempló al agente, perplejo.
Steve estaba en la comisaría. Había sido descubierto robando en un supermercado poco después del incidente del coche. Su imagen de todo el grupo reunido en la caseta de Steve hablando de lo valiente que había sido se desmontó por completo. Después de que se lo llevaran, habían salido corriendo y cada uno se había ido a su casa, siguiendo con su vida como si nada. Esto lo sabía porque no era la primera vez que Steve robaba en un supermercado. Lo hacía todas las noches, pero sólo Jason sabía el verdadero motivo: alimentar a sus hermanas pequeñas. El padre de Steve estaba metido en escabrosos asuntos de drogas y había muerto en un tiroteo. Desde entonces, la familia había ido tirando como había podido, y el muchacho se había atribuido la responsabilidad de ser el hombre de la casa. Lo descubrió por casualidad un día que no había aparecido por la escuela. Cuando fue a comprobar qué le había pasado, lo encontró cuidando de una de sus hermanas, que tenía muy alta la fiebre. Entre los dos consiguieron que le bajara un poco y sólo hasta que se encontró mejor el joven abandonó la casa de Steve para volver a la suya.  Le había hecho prometer que no le contaría a nadie la verdad, que no echaría a perder su fachada de tipo duro, y por eso no dijo nada mientras aguantaba el sermón paciente de su madre.
El chico sabía que desde ese día, Steve y él eran amigos y que se había ganado su confianza. Por eso le costaba creer lo que le estaba contando el agente. Steve nunca diría esas cosas sobre él, nunca le definiría como un “tío loco”,  y tampoco le traicionaría diciendo que la culpa era enteramente suya, que él le había intentado detener por todos los medios pero no lo había conseguido… ¿o sí? Según la versión de los hechos de Steve, Jason había provocado a los demás para que robaran el coche, con una conducta violenta, amenazándolos con una navaja. Los recuerdos se volvieron nítidos de repente: no era él quien sostenía aquella navaja, ese había sido Steve. Pero ¿por qué lo colocaba a él en el papel del malo?  No lograba entenderlo. La mente de Steve siempre había sido retorcida, pero nunca había tenido problemas para comprenderla.
 El policía le dio un ultimátum, añadiendo a aquella declaración la condena a la que se enfrentaba. Para Jason esa situación no podía parecer más surrealista. Ni siquiera había logrado desbloquear la puerta del coche y no tenía antecedentes. Entonces, la bombilla se le encendió. Steve le estaba dando una lección, a su manera. Sonrió, sorprendiendo a todos los presentes. El policía comenzó a gritarle, interpretando aquella sonrisa como un desafío, pero nada más lejos de la realidad. Jamás hubieran descubierto a Steve infraganti, tenía demasiada experiencia como para eso. Lo había hecho adrede para que lo llevaran a la comisaría y allí, su amigo le había dado lo que quería, lo había colocado en su puesto, de tal forma que ahora comprendía lo que quería decirle: que no fuera igual que él, que no tirara su vida por la borda por un error. Que dejara de protegerle. La sonrisa se le torció en el rostro y se vino abajo, confesándolo todo.
Contó cómo había llegado a casa enfadado después de una de las regañinas de su director, cómo había cogido una de las botellas del minibar y se la había llevado en la mochila, cómo se había reunido con sus amigos y, bromeando sobre lo ocurrido mientras vaciaban la botella, habían decidido gastarle una broma al director. No omitió ningún detalle, Steve se hubiera enfadado mucho con él de haberlo hecho. Entre risas, habían pensado en dejarle una bomba fétida en el interior del coche. Así que fueron a su casa, pero, una vez allí, ninguno se había atrevido a hacerlo realmente. Confesó haber deseado ser como Steve, que parecía no tener miedo a nada, y vivir al margen de la propia vida.  Por eso había querido ir al coche, había querido demostrar que era tan valiente como él. Recordó la voz de Steve, gritando su nombre. Había cogido la palanca y había comenzado a moverla delante del coche, fingiendo abrir la puerta. Pero el alcohol no le permitía apuntar con precisión, y ni siquiera había llegado a rozar el vehículo. Entonces, había oído la sirena de policía y había acabado metido en aquel circo surrealista. Ahora que era consciente de todo, se sentía muy estúpido. Maldito Steve, siempre acababa dándole una lección.
El policía, que había estado cogiendo notas durante toda la confesión, le tendió los papeles y el bolígrafo para que la firmara, lo cual hizo tras leer lo que en ellos había escrito. A continuación, el agente les comunicó que, dado que el muchacho carecía de antecedentes y el incidente parecía haber sido simplemente una broma que había salido mal y no había llegado a mayores, por esa vez podía irse a casa, aunque tendría que pagar una multa e irremediablemente aquello constaría en su expediente. Poco le importó esto a Jason, que se echó a llorar inundado de alivio mientras sus padres lo abrazaban. Les pidió entre sollozos que no se divorciaran, que  no volvería a hacer una estupidez semejante. Su padre le revolvió el pelo y le prometió que todo iría mejor, porque aquella mañana se había apuntado a uno de los programas de A.A. Sonriendo, abandonaron la comisaría.

Cuando estaban saliendo, Jason vio a Steve repantigado en una de las mesas de la oficina mientras su madre hablaba con un policía. El muchacho lo miró con preocupación pero, por toda respuesta, Steve alzó el dedo pulgar y le sonrió. La vida les estaba dando una segunda oportunidad para hacer las cosas bien, y ninguno de los dos estaba dispuesto a desperdiciarla. 



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