martes, 10 de mayo de 2011

La estrella de la vida

Este es un pequeño relato que escribí para un concurso de mi instituto cuando estaba en tercero de la ESO. Espero que os guste! 



Es cuando no tienes nada que perder, cuando te das cuenta de que lo tienes todo.” Eso solía decir aquel vagabundo borracho del metro. Todas las mañanas se sentaba con su guitarra en el suelo y pedía limosna. Yo le veía siempre cuando tenía que coger el metro. Parecía que estaba pegado en el suelo, ya que nunca le veía en un lugar distinto. Juraría que incluso su postura era la misma, con la guitarra apoyada sobre las piernas cruzadas, mirando al frente con expresión vacía. Al principio debo reconocer que me asustaba, pero quiso el destino que el metro que debía coger llegara con retraso por unos problemas técnicos. Así que tuve que sentarme a esperar. Él empezó a darme conversación, y yo no le escuchaba hasta que dijo aquella frase. Me intrigó en sobremanera que un hombre que seguramente llevaba días sin llenar su estómago, que no podía procurarse ni unos zapatos sin agujeros, dijera que lo tenía todo.
Por aquella época yo vivía mis años locos de la juventud, era una triunfadora en el gran mundo de los negocios. Un pez gordo que nadaba por donde se le antojaba y entraba en todas las zonas VIP. La mayor parte de la gente conocía mi nombre. Era, por decirlo de alguna forma, inexperta. Creía que la vida era un camino de rosas, ya que siempre me había salido todo a pedir de boca. Mas fue cuando vi a aquel hombre, con una sucia camisa y el pelo enmarañado, cuando comprendí que la suerte no sonreía a todo el mundo.
- ¿A qué te refieres con eso?
- Estoy vivo, tengo aire en mis pulmones y puedo cobijarme bajo un techo- respondió señalando hacia arriba- Conozco la calle mejor que las personas que veo pasar por aquí todos los días y puedo procurarme comida en un comedor o bien sacándola de la basura. No niego que sea una vida mísera, pero puedo afirmar que pese a las penurias, soy un hombre dichoso.
- Me dejas sin palabras, nunca me había parado a pensarlo de ese modo. Pero, ¿usted no desearía tener un trabajo, poder tener su propia casa, ropa nueva…?
- He vivido de esta forma durante cincuenta años. Cuando era joven, no hacía más que lamentarme de mi situación. Pero aquellas niñas…  Me enseñaron una gran lección. Desde que las conocí aprendí a amar la vida con todo lo que viniera, ya fuera malo o bueno.
- ¿A qué niñas se refiere?- Aquel maltratado hombre había captado mi atención por completo.
- Es una larga historia… Empezó en los años que yo vagabundeaba por un pueblo tan pequeño y lejano que ya no recuerdo su nombre. Dudo sinceramente que aquel lugar apareciera en los mapas. Llegaron una noche de lluvia. Recuerdo haberlas visto correr bajo el agua a guarecerse bajo el sotechado del bar. La mayor tenía quince años y la pequeña ocho. No dijeron de dónde venían, solo que necesitaban comida y un sitio para pasar la noche. La dueña del bar, que aunque se hacía la dura tenía un corazón enorme (dios bendiga a aquella mujer) las dejó pasar y las sirvió un cazo a cada una de su deliciosa sopa. No dijeron mucho. Llevaban viajando de pueblo en pueblo desde hacía tres años. Algunos las habían lanzado piedras, otros, las habían ignorado. El mundo era un lugar difícil para todos por igual. Había pandillas de rateros que utilizaban a niños de la calle para efectuar pequeños hurtos en las fruterías, carnicerías, y todo tipo de establecimiento que les proporcionara lo que necesitaban. A veces incluso robaban alguna pieza de escaso valor en las joyerías pequeñas. Según confesaron, hacía un año estuvieron trabajando para un tipo que se hacía llamar “Pata Palo”. La mala fortuna había querido que una herida gangrenada provocara que le amputaran la pierna y, al no disponer de un seguro, le colocaran una prótesis pagada por el ayuntamiento. Aquel tipejo las cobijó durante algunos meses junto con otros niños en situaciones similares a cambio de que robaran para él. La mayor decía que cada noche les leía la historia de Oliver Twist, y llenándoles la cabeza de sueños, les decía que podían llegar a ser como aquel niño huérfano, que la vida, en algún punto, por minúsculo que fuera, ofrecía una cara amable, que supieran aprovechar el momento y brillaran con fuerza, porque éste solía durar poco.
Desgraciadamente la policía atrapó al viejo “Pata Palo” y a algunos niños. Las hermanas fueron las afortunadas en escapar. Trataron de trabajar como aprendices en cualquier sitio que necesitara empleados. Pero debido a su corta edad, nadie las aceptaba.
Consiguieron un trabajo con una amable mujer que se llamaba Felisa, en un invernadero.  Todos los días cuidaban las plantas, lo más bonito era cuando florecían. Pero como todas las cosas buenas, aquello no podía durar mucho. Felisa era una mujer anciana. Una noche se fue a dormir temprano, diciendo que estaba cansada, pero al día siguiente… No despertó. La lloraron con amargura… Habían sido tantos los buenos momentos que habían pasado. Fue entonces cuando comenzaron su viaje por los pueblos de la zona. En una ocasión se encontraron con una feria ambulante de agricultores que vendían sus productos. Se colaron entre la multitud y, aprovechando que el tendero atendía a un cliente, se apoderaron de un pan y una ristra de chorizo, escondiéndola como buenamente pudieron entre sus ropas. Todo hubiera salido bien, de no ser porque el hombre que estaba tras ellas las descubrió.
- ¡A las ladronas! Señor, ¡esas mocosas acaban de robar!
- ¡Fue todo una locura!- Me contaban las niñas entre risas- Nos persiguieron hasta las afueras del pueblo. Suerte que logramos subirnos a un árbol y despistarlos.
Pasaba tardes enteras paseando con aquellas hermanas, o simplemente tirados en la hierba, contemplando las caprichosas formas que adoptaban las nubes. Me resultaban fascinantes. La vida las había tratado mal desde el momento que llegaron al mundo. Y sin embargo ellas nunca perdían la fe de que todo mejoraría. Siempre tenían una sonrisa para regalar y dos manos con las que ayudar si era preciso. Se tenían la una a la otra, y con eso las bastaba.
Me devolvieron la confianza en mi mismo, sentí que no estaba solo. Ahora las tenía a ellas. Llevaba bastante tiempo pensando en irme a buscar fortuna a la gran ciudad, y las ofrecí que me acompañaran. Se mostraron encantadas. Empezaron a soñar que un rico millonario las veía y las convertía en modelos, o que llegaban a convertirse en actrices. Yo, a quien la vida me había robado el privilegio de la imaginación, me intrigué por su entusiasmo, aún sabiendo que todas aquellas cosas jamás se harían realidad.
- No existen límites para los sueños.- Me respondieron. Esas muchachitas no dejaban de sorprenderme.
La ciudad era grande y ruidosa. La más pequeña estaba asustada, pero su hermana la dijo que aquel era un lugar mágico, para quien sabía cómo mirar. La gente iba y venía siempre pensando en sus cosas, como si no se vieran unos a otros. Cogí tres manzanas de un puesto aprovechando un despiste de la frutera y se las ofrecí a las chicas. Por aquellos años aún no se había construido el metro. Fuimos a un parque, y estuvimos jugando. Hacía buen tiempo, así que decidimos dormir en un banco bajo las estrellas.
Resultó ser que la mayor conocía un montón de historias sobre las constelaciones y mitología. Fruto de los libros que había leído en bibliotecas.
Sí, aquello debía de ser la felicidad de sentirse parte de algo que me atreví a llamar familia. Y, por primera vez en mucho tiempo, imaginé. Soñé que encontraba un trabajo honrado, compraba una casa, y podía procurarles todos los lujos que injustamente les habían sido negados.
Pero la fortuna, como siempre digo, es algo pasajero. Tan pronto viene, como se va.
Aquella fatal noche en la que estábamos durmiendo en el parque, empezó a llover a mares. Una de esas tormentas de verano, que entran sin llamar y se marchan de la misma manera en que llegaron. Tuvimos que salir del parque corriendo, y refugiarnos en un callejón que, gracias a los tejadillos de las casas y a las poyatas de las ventanas, ofrecía un refugio del viento y el agua. Mas tuvimos tal mala suerte, que unos borrachos pasaron a nuestro lado sin poder resistir la tentación de saludarnos. Las recomendé no responder y fingir que no los habíamos oído, pero resultó ser un incentivo a que se aproximaran y empezaran a lanzarnos piedras mientras se reían con crueldad.
Yo les arrojé la tapa de un cubo de basura y salimos corriendo antes de que se recuperaran del golpe. Hacía frío, y aunque había dejado de llover, el viento aún soplaba. La pequeña empezó a toser y la mayor la tapó con su chaqueta mirándome interrogante. Acabamos escondiéndonos en unos soportales, rezando porque la noche no nos trajera más infortunios.
Pero la tos de la niña no paró a la mañana siguiente, ni a la siguiente. No teníamos dinero para comprar un simple jarabe, y allí los dueños de los bares nos echaban a escobazos sin contemplaciones.
- Creo que tiene algo de fiebre. – Me dijo la mayor mientras su hermanita dormía.
- Alguien tiene que querer ayudarnos, mañana seguiremos buscando.
- No, mi querido amigo. Solo tiene ocho años. Y yo simplemente quince, no puedo cuidar de ella. Pero ellos sí.- Señaló a la acera de enfrente.
Un orfanato se alzaba ante nosotros.
Asentí con la cabeza y, entre lágrimas, nos abrazamos. Aún hoy, que han pasado años, nunca olvidaré aquella escena.
La joven despertó a su hermanita, que confundida la preguntó qué pasaba.
- Solo quiero contarte una historia. ¿Recuerdas a la osa mayor y a la osa menor, las que tenían forma de carro?
- Sí- dijo la niña medio dormida
- Quiero que te fijes en ellas ahora, ¿ves cómo hay una fila de estrellas rodeando a la menor? Es la constelación del dragón. La leyenda dice que la osa mayor la colocó ahí para proteger a su hermana menor.
- Que bonita es…- La pequeña empezó a toser
- Ven conmigo.- La cogió en brazos y se acercó a la puerta del orfanato.
Una mujer con cara de malas pulgas las abrió. La fatal noticia que portaba fue como una puñalada mortal para la adolescente. Estaban completos. Solo quedaba una plaza.
- Escúchame cielo,- dijo la mayor a la pequeña.- Te quiero muchísimo, no lo olvides.
- Yo a ti también.
- Ahora voy a hacer como la osa mayor. Te dejaré al cuidado del dragón, para que te proteja.
- ¿Te vas?- La mayor asintió con tristeza.
No preguntó porqué, la niñita lo aceptó sin más y se le arrojó al cuello, abrazándola con fuerza.
No volvieron a verse nunca más. Creo que al final alguien adoptó a la pequeña. La mayor siguió conmigo unos años más, hasta que nuestros caminos se separaron. Nunca he vuelto a saber de ellas. Solo permanecen vivas en mi recuerdo.
- Es una historia realmente triste. ¿Cómo puede existir gente así?- dije secándome las lágrimas, pues estaba llorando a lágrima viva.
- En esta vida hay de todo. – respondió el mendigo encogiéndose de hombros.
Aquel día se marcó en mi memoria. Decidí invertir mi fortuna en crear comedores sociales, en los que proporcionaba alimento y refugio a los indigentes. Hasta entonces solo había utilizado mi dinero con fines egoístas, pero aquella inversión resultó ser mi mejor decisión.
Aún hoy sigo trabajando ofreciendo ayuda a quienes la necesitan. Por las noches suelo mirar al cielo, y aquellas dos constelaciones brillan más para mí cada día.
Creed, soñad y vivid. Porque la vida es corta y todo el mundo tiene derecho a vivirla intensamente.
Irene, 2011.

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